«Solo quería demostrar que estaba muerta»: un hombre llevó los restos de su hermana a un banco

Tras llevar los restos de su hermana a un banco para demostrar que estaba muerta, Jitu Munda se volvió el rostro de una historia que conmovió a toda India. En esta nota, Munda, perteneciente a una comunidad indígena del estado de Odisha, en el este del país, reflexiona sobre la pobreza, la burocracia y las consecuencias inesperadas de la viralización.

  • 2 meses ago
  • junio 1, 2026
7 Minuto de lectura
Jitu Munda, un hombre que adquirió notoriedad tras llevar los restos de su hermana a un banco para demostrar que estaba muerta, de pie frente a su casa en en Odisha, India. Jitu Munda, de pie frente a su casa en la aldea de Dianali, en el estado indio de Odisha. Su caso cobró relevancia a nivel nacional cuando llevó los restos de su hermana muerta a un banco para demostrar que estaba muerta y que él era su heredero. Crédito: gentileza de The Incredible Human.
Notas de la periodista
Priyanka Chandani Sinha
junio de 2026
PROTAGONISTA:
Jitu Munda pertenece a una comunidad indígena en la aldea de Dianali, en el distrito Keonjhar del estado indio de Odisha. No sabe leer ni entiende de burocracia. Su historia recorrió el mundo cuando se viralizó un video en el que se lo ve llevando los restos de su hermana a un banco que le había exigido una prueba jurídica de que estaba muerta y él era su heredero.
CONTEXTO:
Odisha, al este de la India, es el octavo estado más grande el país y el undécimo en cuanto a su número de habitantes. De sus casi 41 millones de residentes, unos 17 millones pertenecen a una casta o tribu registrada, grupos que designan a las personas más desfavorecidas a nivel socioeconómico.

Todos los días viene alguien a mi casa. Algunos les preguntan a los comerciantes dónde vivo, otros directamente llegan. De pie frente a mi pequeña casa de un solo ambiente en la aldea Dianali, hacen una y otra vez la misma pregunta: ¿por qué llevó el esqueleto de su hermana a un banco?

Ya no sé qué responderles. A veces me quedo sentado en silencio, con los ojos en el pedazo de tierra a unos metros de mi casa. Ahí es donde está enterrada mi hermana Kalara. Enterrada por segunda vez. Cada vez que hablo sobre lo ocurrido, junto las manos y, dirigiéndome hacia el lugar donde yace, susurro una disculpa.

No quería perturbar su descanso. Pero sentí que no tenía opción.

Tengo más de 60 años. No sé ni leer ni escribir. Pasé toda mi vida en esta aldea tribal en el interior del distrito de Keonjhar, en Odisha, rodeado de caminos de tierra, casas distantes y monte. Para nosotros, la pobreza no es nada nuevo. Vivimos al día. Trabajamos de lo que podemos.

Mi hermana sufrió mucho más que yo. Hace unos años, falleció su esposo. Ellos vivían en el distrito de Jajpur. Después también murió su hijo. Como se quedó sola, vino a vivir conmigo: esto fue hace casi 30 años. Desde entonces, compartimos esta pequeña casa, el hambre, las dificultades y la poca comida que logramos encontrar cada día. Éramos pobres, pero al menos nos teníamos el uno al otro.

Unos mosos antes de morir, Kalara vendió un buey y depositó unas 19 300 rupias (aproximadamente 225 dólares) en el banco, en la sucursal de Malliposi del Banco Odisha Gramin. Para alguien como nosotros, eso es un montón de dinero. No es cuestión de riqueza, sino de supervivencia. Ese dinero representaba alimentos para sobrellevar los meses más difíciles y medicamentos para hacer frente a alguna enfermedad.

El 26 de enero, después de batallar durante mucho tiempo con una enfermedad en los riñones, mi hermana falleció. La enterré según las costumbres de nuestra tribu, cerca de casa. Pensé que al menos ahora ya no iba a sufrir más. Y que, gracias a su dinero, tal vez yo tampoco seguiría sufriendo.

Sin embargo, al poco tiempo aparecieron más dificultades. Cuando fui al banco a retirar el dinero, se negaron a dármelo. Me dijeron que no era titular ni beneficiario de la cuenta. Me pidieron el certificado de defunción y el testamento para probar que yo era su hermano.

Les dije, una y otra vez, que estaba muerta, que yo la había enterrado. Pero querían una prueba.

No terminaba de entender qué documentos necesitaban. En aldeas como la nuestra, no es sencillo acceder a ese tipo de cosas. No sabía dónde pedir un certificado de defunción, a quién acercarme, cómo funcionaban las oficinas del gobierno. Nadie me lo explicó. Nadie me ayudó.

De todos modos, no me di por vencido. Caminé kilómetros descalzo bajo un sol abrasante una y otra vez, desde mi casa al banco. Siempre pasaba lo mismo: se negaban a darme el dinero.

Jitu Munda es un hombre indio, perteneciente a una tribu. Vive en la aldea Dianali, en el estado de Odisha. En abril, su historia circuló por toda India tras ser filmado llevando los restos de su hermana a un banco que le solicitaba una prueba de que estuviera muerta y de que él fuera su heredero.

Crédito: The Incredible Human. Imagen utilizada con autorización.


Después de un tiempo, dejé de sentir enojo. Solo impotencia. El 27 de abril, sentí que algo se rompía en mi interior. Caminé hacia el pequeño cementerio familiar y empecé a remover la tierra en la que hacía unos meses había enterrado a mi hermana. Estaba solo. No tenía a nadie al lado cuando alcé sus huesos y los envolví en una bolsa de tela.

Me puse la bolsa al hombro y empecé a caminar. Recorrí casi tres kilómetros y medio a pie, descalzo, hacia el banco, cargando con los restos de la mujer que había compartido su vida conmigo.

La gente me miraba. Algunos me seguían en silencio. Otros me observaban asustados. Ya no me importaba.

Cuando llegué al banco, dejé la bolsa en la entrada y les dije: «Si querían pruebas de que mi hermana está muerta, ahí la tienen». Alguien me filmó. Esa noche, habían visto el video en todo el país. Recién entonces, los del banco empezaron a escucharme.

La policía y las autoridades locales vinieron a la aldea. Me pidieron que volviera a enterrar a mi hermana y me prometieron que me iban a ayudar. En cuestión de días, tenía en la mano esos documentos que unos meses atrás parecían imposibles de conseguir. El banco me dio el dinero. También recibí 30 000 rupias (unos 350 dólares) del fondo de la Cruz Roja. Una vez que se difundió el video, todo fue muy rápido.

Vivo en una casa de 1,8 por 2,4 metros y duermo en el suelo. En invierno, me acuesto sobre un aislante para protegerme del río. En verano, duermo afuera, en la galería, donde corre algo de brisa.

Antes, caminaba varios kilómetros para ir a trabajar. A la vuelta, compraba algo de comida, que solo alcanzaba para un día.

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Ver: el video con el que la historia de Jitu Munda se hizo conocida en toda India.

Cuando el video se volvió viral, un joven vino a verme. Era de una agencia, una ONG. Me trajo una cama de hierro, un colchón, una manta, sábanas y un ventilador portátil. Jamás me habría imaginado que iba a tener algo así. También me dio una bicicleta. No sabía andar, así que me enseño. Ahora practico todos los días: mi idea es usarla para ir a trabajar. También me dejó comida para al menos un mes y me regaló algunas cosas dulces.

Muchos desconocidos se acercaron a visitarme, a conocer mi historia, y me ayudan con algunas cosas esenciales.

Pero no siento que sea una persona que se volvió famosa. Siento que soy alguien que no fue capaz proteger la dignidad de su hermana muerta.

Dicen que estaba protestando contra el sistema. Pero no fue así. Estaba cansado. Cansado de rogar para que me creyeran. Cansado de ser pobre. Cansado de intentar demostrar que importamos.

Me preguntan mucho si estoy enojado. Respondo con la verdad: ya los perdoné. ¿Qué más podría hacer?

Varias organizaciones no gubernamentales, como la Cruz Roja, se acercaron a ayudar a Jitu Munda al enterarse sobre las trabas burocráticas que le ponían los bancos y el sistema gubernamental, que lo habían llevado a tal frustración que terminó exhumando los restos de su hermana para demostrar que estaba muerta.

Crédito: gentileza de The New Indian Express


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