Desde la seguridad relativa que halló en España, cuenta con más detalle que nunca sobre su vida en Venezuela, sus experiencias con el ICE en Estados Unidos, lo ocurrido en El Salvador y por qué no puede quedarse en su país.
Estuve cuatro meses detenido en el infierno: el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT, una sigla que, lamenteblemente, ya todos conocemos) de El Salvador.
Desde el momento exacto en que ingresé allí, dejé de ser tratado como una persona. Mientras me daban golpes por todo el cuerpo, patadas, bastonazos, puñetazos, me quitaron la ropa. A los empujones, me hicieron avanzar, agachado, con la cabeza entre las piernas, como si fuera un animal indigno de levantar la vista. Solo me permitían alzarla cabeza para mirar a la cara al oficial que tuviera ganas de gritarme insultos y órdenes.
Me raparon la cabeza y me exhibieron ante funcionarios y fotógrafos, como un trofeo. Me informaron, sin ningún juicio previo ni pruebas en mi contra, que estaba condenado por integrar una pandilla de la que jamás formé parte. Durante todos esos meses, creí que nunca saldría de allí.
Pero aquí estoy.
Durante toda mi vida, me consideré a mí mismo apolítico. No apoyaba a ningún partido, no prestaba atención a esas cosas. Solo me dedicaba a mi profesión, al estilismo, a crear belleza.
Como parte de mi crecimiento profesional, comencé a trabajar en un canal de televisión, lo que me permitiría tener contactos de otros medios de comunicación, modelos, y otras personas de un ambiente al que quería acceder. Pero ese canal pertenecía al gobierno nacional y sentí la presión constante de tener que apoyar ideas en las que no creía.
Antes de unas elecciones, los jefes del canal nos insistieron a todos para que fuéramos a votar por el partido del gobierno. Lo que debía ser opcional, se convirtió en obligatorio. Yo dije que no lo haría, y ahí comenzaron los problemas.
Desde ese momento, el hostigamiento y la discriminación por ser gay fueron incesantes.
En el salón de maquillaje, mi lugar de trabajo, yo intentaba llevar adelante mi tarea, pero los directivos pasaban detrás de mí y me golpeaban la cabeza, me empujaban y me gritaban “maricón”. Yo observaba alrededor y notaba cómo las demás personas evitaban mi mirada, hacían como si no estuviera sucediendo nada extraño. Entendí que nadie me defendería.
Las amenazas se volvieron cada vez más explícitas, me dijeron que me matarían por no hacer lo que me decían.
Renuncié e intenté recluirme en mi casa, pero fueron a buscarme allí. Un día, en la puerta de mi departamento, el estruendo de una motocicleta llamó mi atención. Me detuve a observarla, y vi que se frenó a mi lado. El conductor, con el casco puesto, sacó una pistola y me apuntó. Nunca antes había tenido un arma dirigida hacia mí.
Me temblaron las piernas, creí que me matarían allí mismo. Alcancé apenas a oír las amenazas, similares a las anteriores, mientras entraba corriendo a mi residencia. Decidí irme de Caracas, volver a mi pueblo, Capacho, cerca de la frontera con Colombia.
Tampoco había lugar para mí allí, porque la hostilidad me perseguía.
Las cosas fueron creciendo, y comenzaron a perseguirme directamente los cuerpos de seguridad del Estado. Más de una vez, escondido en mi habitación, oía cómo mis padres negaban ante policías o el ejército mi presencia. Yo temblaba, deseando que no ingresaran a buscarme ni le hicieran daño a mi familia.
Empecé, entonces, un periplo de meses sin ubicación fija. No podía quedarme con mis padres. Dormía en casa de amigos para no tener un paradero fijo. Lleno de miedo y rabia, sin entender esta animosidad, debía mantenerme alejado de la vida que quería, de mi profesión, de mi familia.
Pasaron los meses y me fui, primero, a Colombia, para luego hacer el largo recorrido de cruzar el continente hacia Estados Unidos.
Lo más duro de aquel camino fue pasar por la selva del Darién. Es un cúmulo de contradicciones entrar allí. Al principio, me representó un alivio, porque en la selva ya no me encontraría con la delincuencia de los uniformados, como me sucedió en algunos países. Allí, el paisaje era bellísimo. Me rodeaba una inmensidad espectacular, con manantiales que jamás había visto y un ecosistema que parecía mágico.
Pero, al mismo tiempo, al bajar la vista para caminar, me topaba con la hostilidad de un lugar que engullió a cientos de migrantes que buscaban un destino mejor.
La primera vez que vi un cuerpo humano en descomposición, tirado como si no importara, fue allí. Pasaba con el resto de compañeros, gente que no conocía, pero que en el esfuerzo compartido se volvía cercana por unos días, cuando uno de ellos me pedía que me apurara. Sentí un olor muy fuerte, a podredumbre, que era imposible de evadir y, al voltear la mirada, vi a una chica tirada sobre una piedra. La parte de arriba de su cuerpo estaba pudriéndose, las costillas a la vista. Fue horrible.
También vi cuerpos pequeños, de niños, enrollados en sábanas. Criaturas inocentes que, sin saber bien lo que sucedía, sin casi tener experiencia en el mundo, tuvieron que someterse a esto, abandonar sus hogares y quedar para siempre en aquella selva desconocida.
Fueron tres días y tres noches así, pendientes de las crecidas del río, de la presencia de animales o de comunidades indígenas de la zona, durmiendo incómodos sobre raíces y piedras, sin poder descansar y tremendamente agotados.
Al llegar a Estados Unidos, creí que todo aquel sacrificio valdría la pena, que por fin podría vivir en paz. A las cinco de la mañana, me presenté en la oficina para hacer el trámite de ingreso al país. Me habían dicho que, si iba temprano, mi trámite sería ágil y sencillo.
Al entrar, vi ondear la bandera de Estados Unidos. Llevé la cara hacia el cielo y dije: “Gracias, Dios, por permitirme entrar. Lo logré”. Esa sensación hermosa, de alivio y felicidad, duró apenas unos minutos.
En cuanto me acerqué a un funcionario, me aislaron junto a un grupo de personas, mi pidieron que me quitara los cordones de los zapatos, el cinturón del pantalón, y me informaron que mi caso sería diferente.
Debían trasladarme. De repente, todo se nubló para mí, que no entendía lo que sucedía, por qué otros ingresaban al país y yo no. Me sentí atropellado.
Sin que yo supiera el destino, me llevaron en una combi hacia San Diego, California, a un centro de migración operado por una empresa privada, CoreCivic. Fue en ese lugar donde me informaron que, por dos tatuajes de coronas que llevo en los brazos, dedicados a mis padres, ellos me vincularon con el Tren de Aragua, una pandilla reconocida.
A partir de ese momento, sólo tuve comunicación con mi pareja, a través de quien le pedí a mi familia que me enviara toda la documentación posible para demostrar que no soy el delincuente que ellos creían. Todavía confiaba en que las pruebas servirían para algo.
Poco a poco, descubrí que nada de lo que yo hiciera importaba, que ya habían decidido sobre mí y no necesitaban comprobar nada. Dictaminaron que yo era un pandillero y actuaron en consecuencia.
Imprimí en la biblioteca del centro de detención todas las copias que pude de mis documentos, y le mostré esos papeles a todo el mundo, desesperado, pero era como si las hojas estuvieran en blanco. Nadie leía nada, engavetaron mi expediente.
Pasaba los días en una pequeña celda junto a otro detenido. Un lavamanos, un toilette, una mesita y una litera era todo lo que había. En los espacios comunes podíamos leer o ver televisión. Todos estábamos vestidos con uniformes naranjas, que indicaban que, según sus parámetros, teníamos al menos cinco puntos de peligrosidad.
El 15 de marzo de 2025 nos subieron nuevamente a un avión, sin decirnos dónde nos llevaban. Hicimos varias paradas, y nos íbamos enterando de qué lugares se trataba casi por casualidad, oyendo alguna conversación. En Louisiana, le preguntamos a una chica con qué color nos vestirían. Cuando nos respondió “azul”, nos pusimos contentos, porque significaba que nos quedaríamos allí un tiempo y nuestra liberación se acercaba. Ante cada señal, intentábamos agregarle optimismo.
La mayoría de los oficiales eran parcos, pero al menos no nos trataban mal, a excepción de una de las jefas del lugar. Yo era el único gay allí, y recibía algunas bromas por mi condición, pero intentaba no prestar atención. Solo quería demostrar mi inocencia e irme.
Pero nunca llegamos a recibir esa vestimenta azul. Mi cabeza se hacía mil preguntas: dónde estoy, por qué estoy acá, qué me van a hacer, qué va pasar.
Nuevamente en vuelo, pensé, como el resto de los pasajeros, que nos devolverían a Venezuela. Las ventanillas iban cerradas, el silencio era casi total, porque no nos permitían hablar entre nosotros.
De vez en cuando, miraba a mi alrededor, a quienes sufrían lo mismo que yo, pero la mayor parte del viaje clavé la vista en el respaldo del asiento de adelante. No me producía ninguna alegría volver a mi país, ya que había hecho mucho esfuerzo para escapar de la persecución de la que era víctima. Pero aceptaba mi destino.
Los venezolanos somos alegres, y muchos de mis compañeros de viaje intentaban hacer chistes para aliviar la incertidumbre, pero yo no conseguía reír. Cuando estoy en esos momentos muy crudos, en donde no tengo ni la mayor idea de qué es lo que está sucediendo, mis emociones se apagan. Me vuelvo más frío y no expreso ninguna sonrisa.
En el tramo final del viaje, supimos que en uno de los primeros asientos viajaba Kilmar Abrego García, un salvadoreño. En cuanto me enteré de eso, mis esperanzas se fueron al suelo, y supe que íbamos a llegar a El Salvador. Aunque mantuve una expresión neutra, sentía mucho miedo, por dentro temblaba.
Al aterrizar en El Salvador, nos dejaron abrir las ventanas: vi muchas tanquetas y una multitud de oficiales armados. Parecía que fuéramos narcotraficantes, de los más peligrosos del mundo.
Bajaron a Kilmar de forma violenta, con golpes. Ahí fue cuando exploté. Entré en pánico y me solté a llorar desconsoladamente. Un oficial de ICE, dominicano, se acercó a mí y me consoló en español, pero no consiguió calmarme.
Todo se desencadenó muy rápidamente a partir de allí. Nosotros nos alteramos, comenzamos a preguntar desesperadamente qué pasaría, y subieron oficiales a amedrentarnos. Sólo bajaríamos del avión los hombres, nos dijeron. “Si no quieren, los van a llevar a los golpes”, nos dijo otro oficial de ICE, en este caso asiático.
Entonces, subieron las fuerzas de seguridad de El Salvador, arrojando golpes contra todo el mundo. Los de ICE se sumaron a ellos y nos bajaron del avión. Fue muy traumático, no podía ver ni avanzar sin sentir que alguien me empujaba o pateaba.
Ni siquiera sentía el dolor, estaba como anestesiado, pero sí sufría la humillación y estaba desorientado. La intención con la que ellos nos daban los golpes calaba más hondo que el dolor físico. Nos subieron a unos autobuses, nos reforzaron las esposas y nos subieron a la cima de una montaña, donde está el CECOT.
Nos bajaron con más golpes, obligados a caminar con la cabeza entre las piernas, agachados, como en cuclillas, ante la amenaza de que, si caíamos, nos golpearían aún más. Yo rodé y perdí un calzado, lo que me valió mayores castigos.
En ese momento, dejamos de ser considerados personas, se borraron nuestras identidades e individualidades. Nos raparon las cabezas, nos obligaron a desnudarnos frente a cientos de personas: fotógrafos, reporteros, presos, oficiales, la directiva del CECOT, ministros de El Salvador. Allí nos pusimos la única ropa que usaríamos en los meses siguientes, un bóxer, un short y una franela blanca.
Abrumado, grité: “¡Mamá, ayúdame!”. Un fotógrafo estadounidense, llamado Philip Holsinger, giró hacia mí y me tomó algunas fotos, gracias a las cuales veinte días más tarde mi familia supo dónde estaba yo.
Luego de hacernos una placa de rayos X, nos llevaron por un largo patio hacia el módulo 8, donde éramos varios grupos de presos. “Bienvenidos al CECOT, ustedes están en calidad de condenados”, nos informaron. Escuchar eso para mí fue devastador, me derrumbé por completo y mi vida entera pasó por delante de mis ojos. Pensé en mis padres, en mi hermano, en qué hacía yo allí.
Miraba a mi alrededor, apenas de reojo, porque teníamos que estar con la cabeza hacia abajo. La escena era terrible, algunos de mis compañeros yacían en el suelo, desmayados, otros estaban bañados en sangre, algunos se habían hecho de cuerpo. Fue muy desgarrador.
Al día siguiente, el cuerpo estaba lleno de morados, muy adolorido, como el alma. Cada día desde entonces fue muy igual al resto. Viví lleno de miedo e incertidumbre, con muchas preguntas y ninguna respuesta. Leíamos la biblia, me refugiaba en las oraciones, pero el tiempo se había paralizado para mí, no sabía si el mundo fuera de aquellas paredes seguía existiendo, ni cómo.
Casi todas mis horas transcurrían en una celda con tres paredes de concreto, una reja delantera, un techo enrejado, ochenta camas de lata y un retrete donde debíamos hacer nuestras necesidades delante de todos. Más allá, había un galpón donde ocurrían cosas todavía peores.
Solo nos sacaban de las celdas algunos minutos al día, para religión o para jugar al fútbol. En realidad, eran simplemente simulacros, para tomarnos algunas fotos y volver a guardarnos.
A veces, nos sacaban de las celdas para formarnos en filas y, sin ningún aviso ni motivo, comenzar a golpearnos. Era como si, de esa manera, ellos liberaran su estrés, porque nos golpeaban durante un rato y luego nos devolvían a las celdas para continuar con el día. La consciencia de que a cada momento podría llegar un nuevo tormento me impedía estar tranquilo. Me mantenía alerta, a la expectativa, incesantemente.
Todos los días nos daban un cóctel de pastillas, sin informarnos para qué eran. Sólo veíamos que no las trataban con ningún cuidado: se caían al piso, las pisaban y así, como estaban, nos las daban. La atención médica era paupérrima, para cada situación que planteábamos, la respuesta era “Beba agua, con eso se le quita”.
Una tarde de la que no puedo hablar mucho porque hay una acción judicial en curso, abusaron sexualmente de mí. Solo fue una vez, pero el recuerdo de que invadieran mi cuerpo, de que no quedara parte de mí a salvo de sus torturas y vejaciones, es imborrable.
Otra noche, el terror fue colectivo. Fue al día siguiente de una visita de la Cruz Roja Internacional, en la que algunos de nosotros contamos al personal médico lo que sufríamos allí adentro. Como represalia, los oficiales de CECOT tendieron una trampa en la que cayeron algunos compañeros. Cambiaron los candados de las celdas por unos más flojos y después, como de costumbre, comenzaron a golpear ferozmente a un recluso. Esta vez, era uno de la celda 19.
Cansados de la represión y las provocaciones, compañeros de seis celdas rompieron los candados y salieron al patio. Se alzaron contra los guardias, en una batalla desigual, solo con sus puños y vasos de plásticos. Los oficiales respondieron con disparos de goma toda la noche.
En mi celda, me tiré al piso y me tapé los oídos, tratando de que el miedo no entrara a mi cuerpo, pero era inevitable escuchar los gritos, los tiros, las corridas y los golpes. Al otro día, las cicatrices de mis compañeros eran una especie de mapa que relataba lo que había ocurrido.
Con el paso del tiempo, sentí que enloquecería allí adentro. Comencé, junto a mis compañeros, a oír la voz de una niña y la de un hombre que no estaba junto a nosotros. Temí que mi mente me abandonara.
Llegué a pensar que me olvidaría incluso cómo maquillar, así que, para evitarlo, con los dedos recorría mis piernas, simulando la figura de una ceja. Así, intentaba mantener el recuerdo de que, alguna vez, yo había sido maquillador, que yo me dedicaba a plasmar belleza. Más de una vez, tuve la certeza de que jamás saldría de CECOT, que moriría en ese lugar horrible, gris, sin una pizca de belleza por ninguna parte.
Vladimir, un preso común, de ochenta años, solía oficiar de pastor y nos leía la palabra del señor. Solía ubicarse en alguno de los dos módulos, que están enfrentados, para hacerlo. Pero un día se ubicó en medio de los dos y se lo veía callado. Al observarlo, dudé de si se sentía bien, porque no parecía capaz de hablar, tenía los ojos llorosos y la voz se le entrecortaba.
De repente, tomó valor, levantó el megáfono que sostenía y dijo “El milagro ya está hecho, mañana es un nuevo día para ustedes”. Entendí que había llegado el momento de irme. Todos comenzamos a abrazarnos, en medio de un profundo llanto de alegría.
A la mañana siguiente, vimos ingresar un grupo de reporteros, con sus cámaras. Algunos preguntaron por mí, ya que mi búsqueda, con aquellas fotos de Philip, había cobrado relevancia. Me tomaron algunas fotos, en las que luego noté que estaba sonriendo. Fue extraño para mí, ya que durante meses no había tenido ninguna expresión similar a la felicidad. Al fin volvía a sentir emociones, algo que parecía imposible.
Nos llevaron a una base militar. A pesar del alivio, una parte de mí no terminaba de creer que la pesadilla terminaría, y una parte de mí seguía alerta por si algo malo volviera a ocurrir.
Un señor alto y moreno subió al vehículo y dijo; “Buenos días, chamos”. El uso de una expresión típica de Venezuela me hizo estallar el corazón de felicidad, porque supe que esta vez sí me llevarían a mi país.
El vuelo fue a puros cantos, con las ventanillas abiertas, permitiendo entrar a la luz del sol y a un cielo hermoso y celeste que nos envolvía. Todos reíamos y yo ya no me sentía prisionero.
No dejaba de ser extraño para mí, porque regresaba a un lugar de donde había querido irme. Pero, después de todo, ver a gente querida y conocida era una especie de bálsamo.
Aquellas sensaciones tampoco duraron mucho tiempo. Antes de permitirme ir con mi familia, me insistieron para que grabara un video agradeciéndole al gobierno por sus gestiones. Supuestamente, sería algo privado, pero me mintieron y utilizaron aquello como propaganda política, mostrándolo en todas partes. Se aprovecharon, una vez más, de mi vulnerabilidad.
En cuanto regresé a mi pueblo, se activaron de nuevo las presiones y persecuciones en mi contra. Esta vez, los ataques provenían de todas partes. Del gobierno, porque yo me negaba a aceptar un cargo que me ofrecieron; de la oposición, por causa de aquel video que grabé al llegar. Sentí que, conmigo, con mi alma, barrieron el pueblo.
It was then that, together with my attorneys and my family, I decided, even though it was not what I really wanted, to leave the country once again. After everything I’d suffered, after CECOT, after spending 10 months imprisoned between California and El Salvador, I wanted to spend the rest of my life with my family.
Pero, por algún motivo que no entiendo, parece no haber lugar para mí en Venezuela. No hay cabida para aquel que luche por la verdad, para aquel que luche por los derechos humanos en un país tan bello como el mío. Yo, para ser feliz y tener seguridad, tengo que estar fuera de mi hogar, de mi tierra, y lejos de mi gente.
Ahora vivo en España y estoy a la espera de que me acepten la solicitud de asilo. Cada día pienso en lo que viví y el miedo se hace presente a través de recuerdos que no puedo sacar de mi mente ni de mi cuerpo. En cuanto oigo un sonido de llaves o la mención de palabras como “Requisa” o “Conteo”, o si veo a un policía, se activa en mí una respuesta automática: me sobresalto y adopto la postura que nos obligaban a tener en CECOT, en cuclillas y con la cabeza entre las piernas.
Poco a poco, dejo eso atrás, con ayuda psicológica. Estoy tratando de sanar. No queda nada de aquel joven que se consideraba apolítico. Ahora ya sé que debo alzar la voz, que puedo ayudar a que otras personas no pasen por lo que yo pasé.
Translation Credit: Mariela Iniguez