A medida que se agrava la crisis energética en Cuba, la oncóloga Mildrey García Hernández enfrenta una tarea imposible: tratar a pacientes con cáncer sin medicamentos, sin un suministro eléctrico confiable ni medios de transporte. A pesar de la escasez y de los constantes apagones, se esfuerza para sostener una atención que salva vidas.
El momento más tenso del día es ver pacientes con una enfermedad tan delicada como lo es el cáncer, y explicarles que no hay disponibilidad de citostáticos para tratarlos. Jamás pensé verme en esta situación y no me imagino nada peor.
La sostenibilidad de las radiaciones va más allá de cuidar un equipo museable por antigüedad, es una tarea de primer orden garantizar el diésel del grupo electrógeno para generar energía durante más de 12 horas y luego la transportación de los pacientes ingresados que no siempre está garantizada.
El resto de las dificultades son impredecibles: desde insumos gastables insuficientes hasta inestabilidad de cualquier servicio. El personal del hospital trabaja constantemente con riesgo de falla en el servicio de radiaciones por falta de fluido eléctrico debido a la carencia extrema de combustible, por riesgo de rotura de los equipos que generan electricidad por sobreexplotación, por falta de transporte para la movilidad de los médicos y enfermeros, así como para los propios pacientes en tratamiento.
Recuerdo que desde pequeña siempre tuve curiosidad por saber sobre las enfermedades y cómo podía curar a las personas. Los primeros años mientras me graduaba y luego de hacerlo, distaron mucho de la realidad que hoy vivo como profesional.
En aquel entonces trabajábamos en un consultorio, con posibilidad de esterilización de material para tratamientos, instrumental para pruebas citológicas, ambulancia disponible para remitir al hospital si fuera necesario.
También contábamos con visitas periódicas de especialistas básicos a la comunidad, entre ellos internistas, obstetras, pediatras, contábamos con una farmacia comunitaria para adquirir los medicamentos prescritos y estabilidad en la cobertura.
Graduada de oncóloga, trabajé a nivel de municipio y provincia, con posibilidad de estudios básicos para diagnóstico y tratamientos con esquemas de primera línea, y la satisfacción de ser verdaderamente útil a la humanidad.
El futuro lo visualizaba con un servicio con nuevas tecnologías en cuanto a equipamiento y la posibilidad de que los pacientes fueran excelentemente tratados, con todo lo necesario, sin necesidad de recurrir o interconsultar en nivel superior.
Qué tan lejos estaban esos sueños de la realidad. Ahora no somos felices, aun cuando hacemos lo que nos gusta, con amor, porque no tenemos como hacerlo bien y no vemos los mejores resultados. Es una frustración constante.
La falta de petróleo y combustible en general en Cuba resulta una situación que afecta todos los ámbitos de nuestro día a día. El ritmo de la vida familiar es otro, diferente y complejo, que ha cambiado al punto de modificar las prioridades. Ya no trabajamos pensando en tener unas vacaciones en un sitio de esparcimiento y relajación, de incorporar en el hogar algún artículo nuevo, sea por necesidad, para más comodidad o simplemente por lujo, o de cumplir un sueño a los hijos.
Las prioridades de hoy se basan en cómo garantizar energía eléctrica en el día y por encima de eso en la noche, con qué cocinar, lavar, alumbrar, cómo conservar los alimentos que requieren refrigeración.
Básicamente es estar pensando las 24 horas en qué más podemos hacer para devengar mayor economía, pues a la cuestión del crudo nacional se le suma la inflación que ha generado un alza de precios de productos básicos que no se corresponde con los salarios de cualquier cubano de a pie.
Desde luego lo que más pedimos es que los miembros de la familia sean muy saludables, porque los medicamentos también cuestan mucho y no están al alcance todo el tiempo.
En diciembre del 2024 me vi obligada a tomar las primeras decisiones para amortiguar las consecuencias de esta situación de déficit energético, ya que comenzó a resultar habitual llegar del trabajo a casa sin electricidad.
Destiné los ahorros a comprar una planta generadora, pero no podía adquirir el combustible, entonces compré un Ecoflow, pero no siempre disponía de corriente para cargarlo.
En ese momento decidí comprar un panel solar con batería y una hornilla de carbón para garantizar la cocción de los alimentos. El salario no ayuda, pues no cubre los gastos, la salida es reinventarse cada día, sin dejar de viajar, trabajar, comprar comida, más imprevistos con los que no contamos y a los que, una vez ante nosotros, debemos hacerles frente de igual manera.
En estos tiempos el día comienza con varias incógnitas cuyas respuestas no tenemos y por las cuales nadie se hace enteramente responsable.
¿Cómo llego al trabajo?
¿Cuál será el transporte?
¿Cuánto tardaré en llegar?
¿Cuánto dinero me va a costar?
Luego, una vez en el hospital nos enfrentamos a un déficit de medicamentos sin precedentes en la historia, con la tristeza de atender personas cuyas vidas están en nuestras manos y no tener posibilidad de ninguna línea terapéutica.
La manera de mitigar la falta de energía eléctrica constante es con paneles solares, la llamada soberanía energética que aún no se consolida, ni da cobertura funcional total del equipamiento.
Toda esta situación de la ausencia y dificultades para obtener combustible en las instituciones médicas y sus afectaciones cada vez más presentes en el sistema sanitario se percibe como una crisis.
Es difícil explicar y más difícil entender.
No he dejado la profesión porque es lo único que realmente me ha gustado, me ha costado mucho sacrificio personal y familiar llegar a este nivel, lo disfruto y me siento realizada con ella.
Podría conseguir un empleo mejor pagado, pero dejar la medicina implicaría perder mi matrícula y echar por la borda todo el esfuerzo de tantos años. Y tampoco es que podría ejercer en otro país: estamos sujetos a regulaciones que nos impiden salir de Cuba.
No me imagino en ese escenario, sin poder ayudar incluso a mi familia, teniendo el conocimiento y fuera del sector de la salud. Me gusta ser médico y curar. Ahora mismo mi hijo y su novia estudian la carrera de medicina y quiero enseñarles bien.
La cotidianidad laboral se convierte en una batalla titánica. Las personas están muy vulnerables, ya sea por la enfermedad, por las carencias, por el costo de la vida.
En ocasiones, descargan su energía negativa contra el médico que les da la cara. Además, consumimos tiempo laboral haciendo gestiones para resolver otros problemas que no nos corresponde solucionar, pero si no fuera así nadie les daría respuesta.
En varias ocasiones dejamos de hacer otras funciones por buscar alternativas para que el servicio no salga afectado. El resto de los trabajadores de salud exige condiciones de trabajo que no existen, los jefes exigen resiliencia y resolutividad.
Sin embargo, muchas veces eso implica que se nos pide algo imposible, fuera de nuestro alcance.
Este artículo también se encuentra disponible en inglés, en traducción de Mariela Iñiguez.