Más de una década después de que el caso Nirbhaya conmocionara a la India, la violencia contra las mujeres sigue siendo una realidad cotidiana. En esta columna de opinión de Orato, la autora analiza cómo el patriarcado, el déficit institucional y las actitudes de la sociedad siguen negándoles a las mujeres la seguridad, la dignidad y la igualdad que merecen, y por qué el verdadero rostro de una nación se revela en la forma en la que trata a sus mujeres.
Así lo había expresado en su momento el entonces primer ministro Jawaharlal Nehru: más de setenta años después de la independencia, aquellas palabras ya no suenan tanto a una reivindicación del progreso de la India como a un reflejo incómodo de sus fracasos.
En un país que aspira a convertirse en una potencia mundial y se enorgullece de su crecimiento económico y sus avances tecnológicos, hay una pregunta doméstica, urgente, que todavía espera respuesta: ¿por qué las mujeres no pueden vivir con dignidad, en igualdad y sin miedo?
En diciembre de 2012, la India entera se unió en el dolor y la indignación tras la brutal violación grupal y el asesinato de una estudiante de fisioterapia de 23 años. La joven fue apodada Nirbhaya —«sin miedo»— después de morir a causa de las heridas. Millones de personas salieron a las calles a exigir justicia, no solo por ella, sino por todas las mujeres cuyos cuerpos eran escenario de una violencia que la sociedad había aprendido a normalizar.
El Gobierno prometió reformas, políticas de protección, leyes más estrictas y tribunales especiales para garantizar un rápido acceso a la justicia. Tal vez con demasiada ingenuidad, creímos que Nirbhaya sería el punto de inflexión, que había esperanza después de todo.
Más de una década después, la pregunta sigue en pie: ¿cambió algo? A todas luces, pareciera que la sociedad india se ha vuelto peligrosamente insensible frente a la violencia sexual. Todos los días hay otra violación. Otra menor abusada. Otra mujer asesinada. Otro titular. Otro debate en redes sociales, otra marcha a la luz de las velas.
Hace poco, una niña de 11 años fue violada y asesinada en el estado indio de Bengala Occidental. La encontraron en un estanque un día después de que su familia denunciara su desaparición. Aunque este caso desató varios días de protestas violentas y, finalmente, los sospechosos fueron detenidos sin embargo, vemos que, en general, la indignación pública se va apagando hasta convertirse en apatía. Somos un país donde una violación ya no causa conmoción: forma parte de la rutina. Y esa normalización es la mayor tragedia de todas. Cuando la sociedad empieza a aceptar la violencia como algo habitual, las instituciones terminan haciendo lo mismo.
Violador no se nace: se hace. Aunque no todos los varones violan, todos los violadores se crían en una sociedad que le enseña, de manera explícita o sutil, que las mujeres ocupan un lugar inferior. El patriarcado está presente en el día a día de las familias. Está presente cuando a las hijas se les dice que vuelvan a casa antes de que oscurezca, pero a los hijos se los alienta a salir y divertirse. Cuando se les enseña a las niñas a no reír fuerte. Cuando se le sirve la comida primero al hermano varón. Cuando a las madres se les exige sacrificar su carrera. Cuando los padres que interrogan a sus hijas para saber dónde estuvieron, pero jamás se preocupan por preguntarles a sus hijos si están acosando o molestando a alguien. A un varón se le celebra la ira como una muestra de masculinidad. Una mujer que se comporta de la misma manera es tachada de difícil o irrespetuosa. Nadie habla de consentimiento. La educación sexual pasa principalmente por la pornografía. Los varones aprenden sobre el cuerpo de las mujeres mucho antes de aprender a verlas como personas. No son costumbres aisladas. Son los cimientos de una sociedad sobre los que, poco a poco, se asienta la violencia.
Nos hemos acostumbrado a que las niñas crezcan viendo situaciones de violencia en su casa y aprendan a normalizar el maltrato. A decirle a las jóvenes que sufren acoso todos los días en el transporte público que tienen que aprender a lidiar con eso. A recomendarle a las profesionales que son blanco de ataques en internet que se vayan de las redes sociales. A preguntarle a las sobrevivientes que acuden a la justicia penal más por su comportamiento que por el de los abusadores.
Las sobrevivientes se agotan. Los procesos judiciales se prolongan durante años. Los casos son eternos. Los dirigentes políticos hablan de la seguridad de las mujeres durante el período electoral, pero desaparecen cuando llega el momento de actuar. O peor: creen que con una publicación en redes sociales alcanza.
A los hombres que siguen tratando a las mujeres como objetos que pueden poseer, controlar, castigar o consumir, hay que decirles la verdad sin eufemismos: la violaciónno tiene que ver con un deseo sexual incontrolable. Tiene que ver con poder y con la sensación de tener derecho sobre el cuerpo de otra persona.
Tiene que ver con creerse superiores, con pensar que el cuerpo de las mujeres existe para satisfacer el deseo masculino y de que violar su dignidad no tendrá consecuencias.
Aunque algunos casos trascienden, muchísimos otros son invisibilizados. La sociedad parece haberse vuelto insensible ante el dolor de estas mujeres.
Casi todas las semanas una nueva y espantosa violación domina el debate televisivo y las publicaciones en las redes sociales. La indignación estalla durante un rato y después se desvanece en una especie de amnesia colectiva. El espanto se vuelve cíclico, pero las consecuencias para los violadores tardan en llegar.
Al mismo tiempo, una vez al año el mundo celebra a las mujeres durante su día: cada 8 de marzo, llueven los mensajitos con frases cursis, los descuentos en maquillaje, las conmemoraciones trilladas en las empresas y las publicaciones de famosos en redes sociales sobre la importancia de mimarse.
Es innegable que ha habido avances. Las mujeres tienen más acceso a la educación, cada vez están más representadas en el mundo laboral, ocupan bancas en parlamentos de todo el mundo y protagonizan hitos históricos tanto en la Tierra como en el espacio. Las celebramos con programas repletos de eslóganes y paneles donde se sientan mujeres destacadas a hablar de sus logros: sin embargo, todo queda ahí: dentro de las paredes elegantes de una sala de conferencias.
Si el mundo se tomara en serio el Día de la Mujer, y si los gobiernos de verdad quisieran cambiar las cosas, tendrían que mirar de frente lo que ocurre en el mundo real. Porque ese no es solo un día de celebración: es un día para sentir vergüenza y culpa.
Cada 8 de marzo deberíamos recordar el estado de vulneración de los derechos de las mujeres, deberíamos hacer un mea culpa por todas las promesas han quedado en el camino. Prácticamente todos los países han prometido alcanzar la igualdad de género, pero de momento, ninguno ha cumplido con su palabra.
Ese día también debería hacernos pensar en el fracaso de los sistemas educativos que no enseñan a los varones sobre igualdad y consentimiento. Del fracaso de las fuerzas de seguridad que recomiendan no denunciar. Del fracaso de la justicia que reducen experiencias traumáticas a tecnicismos legales. Del fracaso de una política que pone el poder por encima de los principios. Y del fracaso de la regulación tecnológica, que permite que la misoginia se multiplique a escala global.
Por encima de todo, el 8 de marzo es un día para mirar a los ojos a una sociedad que todavía no termina de reconocer a las mujeres como ciudadanas plenas, y que sigue viéndolas como meras guardianas del honor familiar o como objetos que deben ser controlados.