Ante la amenaza del colapso financiero de las Naciones Unidas, el mundo se enfrenta a la posibilidad de perder a la única institución capaz de coordinar la manutención de la paz, la ayuda humanitaria y la supervisión de la energía nuclear a gran escala.
Hace poco, Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, dio una declaración que alarmó al mundo: la organización intergubernamental más importante del mundo, creada con la misión de mantener la paz y la seguridad internacionales, se enfrenta a un “colapso financiero inmediato” y podría quedarse sin fondos en menos de seis meses. En este contexto, sigue habiendo mucha incertidumbre respecto del pago de las cuotas de los miembros.
A fines de 2025, los montos adeudados por los estados miembros ascendían a los USD 1570 millones, más del doble que el año anterior. Este freno a la financiación implica una sentencia de muerte a la única institución global dedicada exclusivamente al mantenimiento de la paz, las operaciones humanitarias y, en muchísimos casos, a evitar que la anarquía tome el control.
En 2023, el sistema de las Naciones Unidas se sostuvo a partir de un presupuesto total de USD 67 600 millones, mucho menos que el gasto militar global, que fue de USD 2,4 billones. La pregunta inevitable, entonces, es ¿realmente nuestros representantes no están dispuestos a destinar siquiera un porcentaje ínfimo de lo que gastan en el ejército a solventar los esfuerzos multilaterales a favor de la paz? La deuda de los Estados Unidos asciende a los USD 2190 millones, es decir, el 95 % de los montos adeudados al presupuesto de la ONU, aunque ese número representa apenas el 0,24 % de los USD 901 000 millones destinados al ejército. El mensaje que se está dando respecto de las prioridades del país resulta aterrador: que estamos dispuestos a gastar en la guerra pero damos vueltas a la hora de financiar las Naciones Unidas, que, con todas sus imperfecciones, al menos se dedica a salvar vidas inocentes.
La ONU realiza mucho más trabajo humanitario que el que normalmente se le reconoce. Sin embargo, muchos líderes intentan desmerecer estos esfuerzos para ir detrás de acuerdos bilaterales, como el plan distópico de Trump para la paz en Gaza, que creemos que ni surtirá efectos ni durará mucho.
Donald Trump, que tiene 79 años y nunca ha creído en el estado de derecho ni en el orden internacional, creó la llamada “Junta de Paz”, cuya carta (de su puño y letra) lo designa juez, jurado, verdugo, tesorero y todo lo que se le antoje de ese organizo. Como si eso no bastara para alarmarnos, también se autodesignó presidente vitalicio de la junta.
En una entrevista con el New York Times de enero de 2026, Donald Trump declaró sin rodeos que los únicos límites de su poder son su “propia moral” y su “propia conciencia”. Haciendo la vista gorda a cualquier tipo de conflicto de intereses, ya sean reales o percibidos, Trump invitó a unos 60 países a unirse a la junta. Lamentablemente, varios de los países que firmaron la carta son democráticos.
No cabe duda de que aquellos líderes que creen en un poder que no rinda cuentas a nadie estarán muy contentos con la actual erosión de la moralidad y la postura política estadounidense.
Es cierto que la ONU decepcionó al mundo cuando este más la necesitaba. Quienes critican esta institución sostienen que el poder de veto de ciertos países del Consejo de Seguridad impide que se produzca una intervención que pueda dar frutos. Tanto en Ruanda, Sudán, Siria y Yemen como en Ucrania y Gaza, muchísimos civiles sufrieron mientras las manos de la ONU estaban atadas por una votación interminable y autocomplaciente que terminó con el veto del Consejo de Seguridad. Sin embargo, este problema surge de una falencia estructural de la Carta de las Naciones Unidad y no de la voluntad, la intención o la motivación de la organización.
De todos modos, el debate no debería darse entre una defensa ciega y un rechazo absoluto. La reforma de la ONU es necesaria, en especial en lo que respecta a la representación en el Consejo de Seguridad, la limitación del poder de veto y los mecanismos de financiación.
Ahora bien, ¿por qué aferrarnos a una organización que, históricamente, no supo responder ante los conflictos? Entre 1914 y 1945, dos guerras mundiales se cobraron unas 85 millones de vidas. Desde la creación de la ONU en 1945, no se ha producido ninguna guerra directa entre potencias nucleares. Por suerte, incluso con miles de armas nucleares disponibles, ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética apretaron el gatillo durante los 45 años de Guerra Fría. En el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania, la OTAN no ha entrado en combate directo. Al mismo tiempo, la rivalidad entre los Estados Unidos y China se desencadena no mediante un conflicto abierto sino a través del despliegue de poder blando.
En 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba, el mundo estuvo al borde del desastre nuclear. Sin embargo, en el detrás de escena, U Thant, secretario general de las Naciones Unidas, dio al presidente estadounidense John F. Kennedy y al líder de la URSS Nikita Khrushchev una pequeña ventana de tiempo para retirarse del ataque. La ONU no resolvió las crisis, pero sin duda fue clave para ofrecerles a ambas partes una salida que no implicara admitir debilidad.
Por otra parte, ya hemos visto qué ocurre cuando la ONU no está. En 1994, tras la salida de la ONU de Ruanda, el genocidio se aceleró. Cuando la ONU se fue de Somalia en 1995, los jefes de lass milicias tomaron el control. En 2023, cuando la misión de la ONU en Mali llegó a su fin, los grupos armados no tardaron en tomar el control. Observamos el mismo patrón en el Congo y Haití: cuando la ONU se va, la inestabilidad suele intensificarse. La lección está clara: la presencia de la ONU no garantiza la paz, pero su ausencia, en general, da lugar a algo mucho peor.
Lamentablemente, la comunidad internacional suele hacer oídos sordos a las agencias de la ONU que llevan adelante un trabajo humanitario fundamental. En 2024, el Programa Mundial de Alimentos dio de comer a más de 124 millones de personas, ya que llevó alimentos a regiones azotadas por la guerra y las hambrunas, lugares que las empresas privadas evitan porque allí no es posible obtener ganancias. Si el programa se ve obligado a dejar de funcionar, sin dudas millones de personas dejarían de recibir asistencia alimentaria.
A fines de 2024, 123,2 millones de personas se vieron obligadas a migrar. ¿Quién se hace cargo de garantizar de que se estas personas sean tratadas como seres humanos con derechos inherentes, merecedores de protección jurídicas? De eso se ocupa el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Por otra parte, cuando el mundo se desesperaba por conseguir vacunas en medio de la pandemia de COVID-19, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ocupó de distribuir 1830 millones de dosis de vacunas en 146 países. Sin estas agencias de las Naciones Unidas, las crisis se tornan fatales y quienes sufren son las personas más vulnerables del mundo.
Pensemos, ahora, en a qué se dedica el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Hay países como Japón y Corea del Sur que tienen la capacidad técnica y profesional para desarrollar armas nucleares, pero no lo hacen. ¿Por qué? Porque, gracias a las inspecciones de El OIEA, confían en que sus rivales no están adelantándose en secreto. El OIEA fue quien expuso el programa nuclear secreto de Irán. Sin la supervisión de este organismo, nos enfrentaremos a un riesgo muchísimo mayor de proliferación de armamento nuclear. Las naciones se enfrentarán a una elección peligrosa: comenzar a desarrollar armas nucleares o confiar ciegamente en que sus adversarias no estarán produciendo las suyas propias.
Entonces, ¿qué pasa si la ONU llega a su fin? ¿Qué institución la reemplazará? Ninguna. No hay plan B. La ONU está muy lejos de ser perfecta: es lenta y burocrática hasta la frustración y no logra ofrecer soluciones en situaciones donde la necesitamos con desesperación. Sin embargo, la pregunta realista no es si podemos reemplazar a la ONU por una institución mejor o no. En la actualidad, no existe ninguna otra institución internacional capaz de coordinar esfuerzos en semejante escala.
Las falencias de la ONU no se deben solo a la falta de financiación, sino a que nuestros gobiernos no la respaldan y a que hemos olvidado su razón de ser. Permitir el fracaso de las Naciones Unidas supone enfrentarnos a una verdad mucho más difícil: tendremos que prepararnos para un mundo en el que los fuertes dictan las reglas y todos los demás sufren las consecuencias. Un mundo en el que la fuerza dará la razón, donde no se necesitará nada más para gobernarnos a todos.