Cuando Noor tenía apenas 10 años, un ataque aéreo destruyó su hogar en el campamento de refugiados Nuseirat, en Gaza. Ese día perdió su brazo derecho y su vida cambió para siempre. En esta nota, cuenta con sus palabras lo que recuerda del ataque, la muerte de una de sus amigas, el proceso de rehabilitación en los Emiratos Árabes Unidos y la determinación con la que mira hacia el futuro.
Ese día, lo único que me importaba eran los colores. Estaba decidiendo qué tono de rosa —mi color favorito— elegir para la siguiente página de mi libro para colorear. Cuando terminara los dibujos, iba a mostrárselos a mi hermana Sara, que es médica.
Me quedé dormida en mi pequeña habitación, abrazando a mi muñeca contra el pecho como si fuera mi mejor amiga. En cierto sentido, lo era. Todo estaba tranquilo; quería dormir una siesta antes de seguir pintando el librito que me había regalado mi hermana. Ese era el plan.
A mi alrededor, mi mamá, mi hermana Sama y Hatem, mi hermano mayor, estaban sentados hablando bajito, mientras yo disfrutaba el calor de mi cama. Quizá antes no lo habría visto así, pero ahora me parece una imagen muy inocente.
Esos son los últimos recuerdos que tengo de mi antigua vida. Una vida en la que corría, dibujaba y agarraba mis juguetes con las dos manos.
Mientras dormía, todo cambió. Fue cuestión de segundos: me despertó el estruendo de una fuerte explosión que sacudió el departamento. No entendía qué pasaba, por qué la habitación que siempre me había parecido segura de la nada estaba llena de polvo. Y gritos. De un momento al otro, mi muñeca voló de mis manos y se perdió entre el humo y los escombros. Miré a mi alrededor buscando a mi mamá, mi hermana y mi hermano, pero no los vi.
Entonces miré para abajo. Vi que la sangre empapaba mi ropa, mi mano, todo. No entendía qué ocurría, pero me invadió un dolor que nunca antes había sentido. Los gritos eran ahora los míos. Grité tan fuerte como pude, llamando a mi mamá, buscándola, tratando de encontrar alguna respuesta en medio del caos. Estaba aterrada, sola entre el humo y los escombros, y no sabía adónde habían ido los demás.
Seguí llorando y gritando, gritando y llorando, intentando seguir despierta y hacerle frente al dolor. Pero mi cuerpito ya no podía más. Poco a poco, los ruidos se fueron apagando, todo se volvió oscuro y perdí el conocimiento.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en el hospital. Miré mi pequeño cuerpo y, una vez más, no entendí nada. Traté de mover la mano izquierda —la mano con la que agarraba los lápices de colores y abrazaba a mi muñeca—, pero ya no estaba. Mi brazo tampoco. Ese fue el momento en el que entendí que mi vida había cambiado para siempre.
Pasé dos semanas entre dormida y consciente. Recuerdo poco de esos días, salvo por las voces de los doctores y los rostros que aparecían y desaparecían a mi alrededor.
Cuando fui recobrando el conocimiento, algunos de mis amigos del barrio vinieron a visitarme. Se sentaron a mi lado y trataron de reconfortarme. Me contaron todo lo que había pasado cuando yo no estaba.
Siempre preguntaba por una amiga que iba a venir a mi casa el día del ataque. Esperaba que entrara a la habitación como los demás, pero cada vez que mencionaba su nombre, mi familia cambiaba de tema o me decía que descansara. No entendía por qué, así que seguí preguntando por ella todos los días, hasta que ya no pudieron esconder más la verdad. Me dijeron que mi amiga había muerto en el mismo ataque que me cambió la vida para siempre. Una vez más me invadió el dolor, no solo en el cuerpo, sino también en el corazón. No podía creer que ya no iba a volver a jugar con ella, que nunca más íbamos a pintar juntas en nuestros libritos para colorear.
Me llamo Noor. Soy la niña que sobrevivió el ataque al campamento de refugiados Nuseirat, en Gaza, el 6 de octubre de 2024, pero una parte de mí quedó para siempre bajo los escombros. Ese día murieron cuatro personas, y otras cinco fueron lesionadas, como yo. Salí de las ruinas de mi casa sin mi mano hábil y con distintas cicatrices que me acompañarán por el resto de mi vida.
Los médicos hicieron todo lo posible para que estuviera cómoda. Me cuidaron e intentaron que me sintiera a salvo a pesar del dolor y, sobre todo, a pesar del miedo que sentía. Mi hermana Sara, que es médica y a quien siempre admiré, nunca se fue de mi lado. Estuvo conmigo todos los días, estrechándome la mano que me queda y reconfortándome cada vez que lloraba o me asustaba.
Nos queremos mucho. Yo le contaba que me estaba esforzando mucho en el colegio y que tenía muchos sueños que quería cumplir. De grande, quería ser doctora, como Sara. Pero antes quería ser como los demás niños: quería jugar, correr y reír sin sentirme distinta. Siempre le decía que quería irme de la clínica y volver a estar con todos los demás.
También tenía muchas dudas. ¿Cómo iba a mirarme la gente cuando saliera de allí? ¿Me tendrían lástima? ¿Me tratarían distinto porque perdí una parte del cuerpo? ¿O me hablarían igual que a los demás niños? Todo eso se lo preguntaba a mi hermana.
No solo me daba miedo haber perdido una parte del cuerpo. Me preocupaba que me miraran distinto que a los demás. Quería que me dijeran que no, que lo que había perdido no me iba a quitar también mi lugar entre los niños con los que me encanaba jugar y reír.
El tiempo pasó y los médicos empezaron a comentar que necesitaba seguir el tratamiento fuera de Gaza, donde podrían ponerme una prótesis en el brazo que me ayudaría a ser más independiente. Mi familia solicitó un permiso para que yo fuera al extranjero a recibir atención médica y depositaron allí todas sus esperanzas, ya que pensaban que ese podría ser el principio de un nuevo capítulo en mi vida.
Tuvimos que esperar mucho hasta que llegó la respuesta. Sentí que mi felicidad estaba incompleta: le dieron permiso a mi papá para que me acompañara, pero no a mi mamá. Se me partió el corazón, porque lo que más quería era que mi mamá me acompañara. Ella entendía mis miedos, mi dolor, cada aspecto de mi día a día.
Quería que viajara conmigo para que me diera la mano cuando hablara con los médicos, como había hecho siempre en la clínica. Miré a los adultos mientras ellos buscaban alguna solución y me concentré en una única cosa: tenía la oportunidad de recibir un tratamiento y seguir soñando como todos los demás niños. Quería un brazo nuevo.
Después de un tiempo de espera, por fin pude viajar a los Emiratos Árabes Unidos. Desde que llegué, me recibieron con un amabilidad y dulzura que no me esperaba. Todos me trataban con compasión y ternura, y entendían que iba a necesitar ayuda para rehacer mi vida.
Las organizaciones que me acompañaron me dieron todo lo que necesitaba y así comenzó una nueva etapa, llena de turnos médicos, análisis y planes de rehabilitación. Mi papá estuvo conmigo todo el tiempo. Cuando estaba triste, me animaba. Cuando lloraba, me recordaba que soy muy fuerte.
Aunque yo estaba cada vez mejor, todos los días veía que los ojos de mi papá estaban llenos de preocupación. Tenía el corazón puesto en nuestra familia, que estaba en Gaza. Nuestros seres queridos estaban en medio de la guerra, del hambre, de la dificultad. Siempre que podía, intentaba comunicarse con ellos.
Yo también sufría por dentro. Cada vez que veía comida, fruta –las frutillas me encantan, igual que a Sara–, pensaba en mi familia, que estaba en Gaza. Pensaba en los niños que se van a dormir con hambre y en las familias que no tienen nada para comer. A veces sentía culpa de comer cuando las personas que amo estaban sufriendo. Mi papá se daba cuenta y me decía: «Tienes que comer, Noor. Tu cuerpo necesita fuerza para sanar». Trataba de escucharlo, pero no podía dejar de pensar en Gaza.
A medida que el tratamiento avanzaba, empecé a ir a sesiones de rehabilitación y kinesiología. Fue un proceso largo y cansador que requirió paciencia y compromiso. Aprendí nuevas adaptaciones para mi cuerpo y, poco a poco, fui reconstruyendo la confianza en mí misma. Después de muchos meses de esfuerzo y preparación, por fin llegó lo que tanto esperaba: el día que me dieron la prótesis para el brazo.
Lo recuerdo muy bien. Miré mi nuevo brazo con una mezcla de felicidad, sorpresa e incertidumbre. Nunca va a reemplazar el que perdí, pero me regaló algo precioso: esperanza.
A principio, aprendí a usarlo para tareas cotidianas sencillas y así fui adquiriendo más y más independencia. Cada logro, por pequeño que fuera, era como recuperar una parte de esa vida que me habían robado.
Con cada logro, mi voluntad se volvía más fuerte. Empecé a formarme otro relato, a creer que esa niña que había perdido el brazo en Nuseirat todavía podía aprender, crecer, reír y vivir una vida plena. Lo que me pasó es parte de mi historia, pero jamás va a definir todo mi futuro.
Sigo aprendiendo algo nuevo todos los días con la prótesis. Algunas cosas ya se me hacen más fáciles, pero otras siguen requiriendo práctica y paciencia. Intento volver a mi vida normal lo más que pueda y sigo enfocada en el colegio y en mis sueños. Me sigue encantando dibujar y pintar y me sigo imaginando el futuro que quiero construir. La guerra me arrancó el brazo izquierdo, pero sigo teniendo mi fuerza de voluntad y mi esperanza.
Cuando pienso en aquel día en el que me desperté aturdida por la explosión, siento que mi vida está dividida en dos: Noor, la niña que abrazaba su muñeca y quería colorear su librito, y Noor, la que aprendió a hacerle frente al dolor y volver a empezar.
Me gustaría que la gente entendiera que detrás de cada número que ven en las noticias hay un niño con sueños, juguetes, amigos y una vida propia.
Perdí un brazo. Perdí a una amiga que amaba. Estoy viviendo lejos de gran parte de mi familia. Los extraño todos los días. Sin embargo, tengo el corazón lleno de esperanza para el futuro. Me llamo Noor, y esta es la historia de una niña que creció antes de tiempo y que sigue de pie, que lleva consigo su esperanza, sus recuerdos y todo lo que la llevó a convertirse en la persona que es hoy.