Casi dos años después de ser detenido por sus publicaciones sobre Gaza, un profesor israelí recuerda cómo fue perder su libertad, reconstruir su vida y por qué sigue negándose a quedarse callado.
La mañana del 7 de octubre de 2023 empezó como tantas otras: me despertó una sirena que anunciaba que había que ir al refugio de inmediato y esperar la señal de que el peligro ya había pasado. Para todo israelí, ese sonido es a la vez aterrador y conocido. Interrumpe desayunos, clases, reuniones familiares, noches de sueño. Medio dormido, fui hasta el refugio casi como por reflejo.
Estaba algo intranquilo, pero no aterrado, porque las sirenas forman parte de mi vida cotidiana. Una vez en el refugio, encendí el televisor. Las imágenes eran espantosas. Del sur de Israel llegaban noticias confusas: fotos y videos de violencia, caos y muerte. Había sangre por todas partes y gente corriendo desesperada, intentando ponerse a salvo. Era como una película de terror de Hollywood.
Aunque mi vida no corría peligro, no me sentía bien. No lograba concentrarme. No tenía ganas de comer. No podía dormir. Me repetía una y otra vez la misma pregunta: ¿cuánto sufrimiento quedaba todavía por delante?
Todos vieron lo que ocurrió después del 7 de octubre; la situación sigue igual y no parece tener un fin claro. Durante los días siguientes, Israel redobló la campaña militar en Gaza, y entonces empezaron a aparecer otras imágenes en la televisión: niños arrastrados de entre los escombros, padres buscando desesperadamente a sus familiares desaparecidos, barrios enteros reducidos a polvo, ruinas y hormigón partido.
No podía apartar la mirada. Pero tampoco podía seguir callado.
Soy profesor de Historia y Educación Cívica. Mi profesión se basa en plantear preguntas difíciles, pensar sobre el poder, fomentar el pensamiento crítico de los alumnos. Decir algo no me parecía una opción, sino una obligación. Por eso, empecé a escribir en Facebook sobre los civiles que estaban muriendo en Gaza.
A decir verdad, ya había escrito sobre los habitantes de Gaza antes del 7 de octubre. Muchas veces compartía los rostros de personas que habían sido detenidas. Después del 7 de octubre, el tono de las publicaciones se volvió más urgente. Empecé a subir fotos de los muertos. Quería ponerles nombre para que los israelíes los conocieran, para que vieran que los palestinos son seres humanos.
Escribí sobre todas esas personas inocentes que estaban atrapadas en una guerra que no habían provocado. Sobre las mujeres y los niños que morían aplastados por los derrumbes. Escribí sobre el hambre, el dolor, la humanidad y el valor de cada vida.
Por ejemplo, el 10 de octubre escribí:
Todo hombre tiene un nombre,
aunque sea palestino,
aunque viva en Gaza.
El 16 de octubre escribí:
Esta es Shaimaa Akram Seydam. Tenía 18 años. Vivía en Nuseirat, en la Franja de Gaza. Hace unos meses, recibió una distinción por ser la mejor alumna de Gaza. Ayer fue asesinada junto con varios miembros de su familia durante un bombardeo a cargo de nuestros excelentes pilotos.
La basura de medios que tenemos en Israel no dijo nada. A la mayoría de los judíos no les interesa. Como siempre que se trata de palestinos.
El 17 de octubre escribí:
Este es el profesor Mahmoud Mahfouz Al-Masri. Le decían Abu Mohammed. Vivía en Rafah. Era docente de la Universidad Islámica. Ya no existe. Ayer murió junto con varios miembros de su familia como consecuencia del bombardeo llevado adelante por nuestros excelentes pilotos. Quedaron enterrados vivos bajo bloques enormes de hormigón, después de que el edificio donde vivían se deshiciera en ruinas.
También había cuestionado al primer ministro Benjamin Netanyahu. Escribí que en realidad no le importaban los rehenes israelíes. Que estaba muy ocupado repartiendo “opio para las masas, en forma de sangre, destrucción y dolor”.
La reacción llegó casi de inmediato. Al principio, fueron unos pocos comentarios furiosos. Después, decenas. Luego, cientos. Pronto, estaba recibiendo miles de mensajes en mi cuenta. Tenía miles de desconocidos tachándome de traidor. Algunos me deseaban la muerte. Otros me decían que ojalá se murieran mis hijos.
Muchos me preguntaban que por qué no me iba de Israel, que por qué no me iba a vivir a Gaza. Cada vez que actualizaba la pantalla, me esperaba una nueva oleada de odio.
Intenté explicarme en una publicación de Facebook. Escribí: “Ante las numerosas respuestas que vengo recibiendo desde el sábado a la mañana, quisiera aclarar lo siguiente:
1. No estoy a favor de que maten bebés.
2. Estoy en contra de las violaciones.
3. Estoy en contra del maltrato físico.
4. Estoy en contra de los secuestros.
5. Estoy en contra de quemar casas con sus habitantes dentro.
6. Estoy en contra del maltrato de personas mayores.
7. Estoy en contra del asesinato de civiles inocentes.
Espero estar siendo lo suficientemente claro. Nunca había sentido la necesidad de aclarar estas cosas. Son cuestiones que uno esperaría que cualquier persona con un mínimo de moral comprenda por sí sola”.
Lo que más me perturbaba no era la furia dirigida contra mí, sino el fervor con el que algunos pedían más sufrimiento. Muchas de estas personas parecían celebrar la destrucción. La pérdida de vidas civiles no parecía preocuparlas y algunas incluso exigían represalias más severas. Era como si hubieran renunciado al más mínimo atisbo de moral.
La violencia no se limitó a los comentarios de internet. Cuando fui al colegio, comprobé que allí también me esperaba un ambiente hostil. El ambiente en la sala de profesores era distinto; ya nadie me saludaba con afecto. De repente, todos evitaban mirarme a los ojos.
A los pocos días de recibir la citación oficial, el municipio me convocó a una audiencia. Esperaba que hubiera algún espacio para dialogar, una oportunidad para explicar lo que sentía, pero los investigadores contratados por el colegio ya habían sacado sus propias conclusiones.
Las autoridades del colegio argumentaron que yo estaba a favor de la violencia contra los bebés israelíes. Sugirieron que mis publicaciones en las redes sociales justificaban el terrorismo. Sentía que sus palabras no tenían nada que ver con la realidad, como si estuvieran describiendo a otra persona, no a mí. La decisión ya estaba tomada, así que no tenía sentido discutir. Me echaron del trabajo.
De un día para el otro, nadie quería contratarme. Empecé a vivir de mis ahorros, tratando de entender cómo era posible que mi vida hubiera dado semejante vuelco. Me preguntaba si lo que estaba haciendo el gobierno servía para derrotar a Hamás. Creo que Hamás es una ideología, no un grupo de personas que puede ser eliminado. Si matan a una, nacen diez más. Lo que tiene que cambiar es la ideología.
El 9 de noviembre, mi situación empeoró. Recibí una citación policial. Me acusaron de sedición.
Mi abogado me recomendó que no prestara declaración sin la autorización correspondiente del fiscal general. Apenas llegué a la comisaría, me confiscaron el celular. Me esposaron de manos y pies. Me acusaron de traición. Cuando me negué a responder las preguntas, me acusaron de desacato a las autoridades.
El interrogatorio no parecía destinado a buscar la verdad, sino a exigir una confesión. La policía estaba convencida de que yo era culpable. Mantuve la calma y repetí que no iba a confesar delitos que no había cometido. Después de unas horas, me llevaron a una celda.
Al principio pensé que pasaría allí un par de horas y que luego me dejarían en libertad. Me equivocaba. Obtuvieron una orden judicial que indicaba que yo era un detenido de alto riesgo y que debía permanecer aislado de los demás detenidos. Me sometieron a restricciones muy severas: no podía comunicarme con el exterior. No podía recibir visitas. No me dejaban leer.
Unas semanas antes, estaba frente a un aula hablando de democracia, historia y ciudadanía. Ahora me trataban como si representara una amenaza para el Estado.
La celda parecía diseñada para reducir la vida a su mínima expresión. Las paredes eran grises. No tenía más pertenencias que la ropa que llevaba puesta, una toalla roída y una manta que apestaba a humo de cigarrillo.
Para no perder la cordura, me obligué a seguir una rutina. Dormía cada vez que podía. Cuando me despertaba, hacía flexiones, cualquier cosa que me ayudara a mantener la mente en movimiento. Cualquier cosa que me permitiera resistir la desesperación. Me negué a dejar que aquella experiencia me quebrara.
Cuatro días después, la puerta por fin se abrió. Salí y respiré hondo. Estaba libre de la celda, pero no de lo que me estaba pasando por dentro.
Durante casi diez meses después de aquel episodio, fui objeto de una investigación por “alteración del orden público” e “intención de traicionar al Estado de Israel”: lo único que había hecho fue escribir en Facebook.
Finalmente, los tribunales fallaron a mi favor. Ordenaron al municipio y al Ministerio de Educación que me reincorporaran y me indemnizaran por los daños que habían causado. Sobre el papel, era una victoria, pero las cosas no fueron tan sencillas. Volví al colegio, pero no me hicieron sentir como en casa. La institución cumplió la orden judicial, pero las tensiones continuaron.
Uno de mis amigos fue a buscarme a la cárcel. Cuando llegamos a mi casa, nos encontramos con una escena de destrucción total. La policía había allanado el departamento y había dejado todo patas arriba. Los cajones estaban vacíos. Había papeles esparcidos por el suelo. Habían volcado los estantes. Mis pertenencias estaban tiradas por todas partes.
Me llevó un mes volver a poner mi casa en orden. Tuve que reconstruir todo.
Tras recuperar mi libertad, demandé al municipio y al Ministerio de Educación. Gané, pero la victoria fue amarga. Cuando me reincorporé a mi cargo, las autoridades iniciaron una campaña de desprestigio para que los profesores, alumnos y padres se pusieran en mi contra. De hecho, muchos estudiantes terminaron escupiéndome, insultándome, deseándome la muerte. Me han llegado a decir que ojalá me diera cáncer.
Odio a Hamás. Estuve en el ejército y participé en la incursión israelí al Líbano en 1982. El problema del ejército es el mismo que entonces: carece de una estrategia a largo plazo. Mis hijos están haciendo el servicio militar. Están orgullosos de mí, y eso es lo que más me importa, aunque no compartan todas mis opiniones.
No sé si en algún momento la vida volverá a ser como antes del 7 de octubre. Tal vez haya experiencias que nos cambien la realidad para siempre.
Ahora bien, si hay algo que este episodio me enseñó es que las convicciones pesan más cuando defenderlas tiene un costo. Quiero la paz. Quiero que termine la violencia. Quiero que desaparezcan los grupos como Hamás. Pero también creo que la realidad es más compleja que los eslóganes que gritan unos y otros.
No todos los palestinos apoyan a Hamás. No todos los judíos respaldan las políticas de extrema derecha de nuestros gobernantes. Parte de la tragedia de este conflicto radica en la facilidad con la que las personas terminan reducidas a categorías y convertidas en enemigos.
Pagué un precio muy alto por hablar públicamente sobre el sufrimiento de los civiles en Gaza. Perdí mi trabajo. Perdí mi libertad. Perdí amistades que supe valorar. Pero también entendí algo: qué frágiles pueden volverse los principios democráticos en momentos de trauma nacional y cuán importante es defenderlos incluso aunque resulte incómodo, aunque implique decir cosas con las que muchos no estén de acuerdo.
Incluso aunque sea peligroso.
Los ciudadanos israelíes que expresan su solidaridad con el pueblo de Gaza siguen siendo objeto de persecución política. Son expuestos públicamente, sujetos a la humillación, despedidos de sus trabajos, detenidos. Por eso tienen miedo.
Después de que me detuvieran, mi vida cambió. La gente me reconoce. En el colegio, algunos profesores siguen sin hablarme, pero las autoridades municipales ya no tienen problemas conmigo.
De hecho, hace unos meses me llamaron para trabajar con un alumno que tenía un problema de consumo de drogas. Después me enteré de que era hijo de una de las personas más influyentes del municipio, la misma que había declarado contra mí ante la policía.
Mis hijos no comparten muchas de mis ideas y no quieren verse expuestos, pero lo entiendo. Mis alumnos están contentos conmigo y recibo elogios de su parte; dicen que en mis clases nunca hay un momento aburrido. Ahora me escuchan.
En agosto tengo planeado viajar a Tayikistán y en septiembre voy a ir a una isla cerca de Portugal. Además de docente, soy guía turístico, y estoy planeando jubilarme en dos años.