Pasé tres días en funeral del ayatolá Alí Jameneí y me replantee todo lo que creía saber sobre Irán

Fui a Teherán a cubrir el funeral del ayatolá Alí Jameneí, pensando en escribir una nota sobre la muerte de un líder. Hablando con quienes habían ido al funeral —personas comunes y corrientes, muchas de las cuales tienen sus críticas para con el régimen del país—, me replantee todo lo que creía saber sobre Irán: su realidad es muchísimo más compleja.

  • 4 semanas ago
  • julio 14, 2026
12 Minuto de lectura
Una multitud se congrega en Teherán para la procesión fúnebre del ayatolá Alí Jameneí. Miles de personas se congregaron en Teherán para despedir al ayatolá Alí Jameneí. Según fuentes oficiales iraníes, decenas de millones de personas participaron de las ceremonias en todo el país, aunque las cifras informadas por fuentes independientes varían mucho.

A Simin la conocí el tercer día del funeral. Estábamos los dos en la calle Damavand, en Teherán, mientras pasaba la procesión.

No cantaba. No llevaba ninguna bandera. No lloraba. Tan solo miraba alrededor.

Su esposo había muerto en enero de 2026, en una manifestación. Al principio, Simin pensaba que lo habían matado las fuerzas de seguridad iraníes. Se enojó mucho con el gobierno, con el jefe supremo, con todos los que, según ella, habían tenido algo que ver con la muerte de su marido.

Pero después vio la noticia de que al ayatolá Alí Jameneí lo habían matado en su propia casa, junto a algunos miembros de su familia —su hija, su nuera y su nieta de 14 meses— en un atentado llevado adelante por fuerzas estadounidenses e israelíes el 28 de febrero.

“Hacía meses que escuchábamos que estaba escondido bajo tierra —me contó—. Decían que se había ido a Rusia. Pero lo mataron en su propio hogar”.

Hizo una pausa.

“Me quedé pensando en esa contradicción. Empecé a hacer preguntas. Hablé con otras personas. Intenté entender qué había ocurrido”.

Simin recalcó que no decía saber la verdad. No había olvidado a su esposo. Seguía procesando su duelo.

“A lo que voy es que ya no sé si mi esposo murió como yo pensaba o no”.

Cuando comenzaron las procesiones fúnebres, Simin no tenía ninguna intención de asistir. Después vio las primeras imágenes de Teherán en la televisión. El sábado fue mucha gente. El domingo, mucha más. El lunes a la mañana, se sorprendió a sí misma al ponerse un abrigo y caminar hacia la calle Damavand.

“No sé bien por qué vine —admitió—. Sentí que tenía que estar aquí”.

Nos quedamos un momento en silencio, observando el mar de gente que pasaba frente a nosotros, despacio.

“No puedo olvidar a mi esposo. Nunca lo haré. —Tras mirar a la multitud, agregó—: Pero hoy siento algo que me cuesta explicar. Tengo dos emociones distintas. Me sigue doliendo su pérdida, pero al mismo tiempo, siento que a mi país también le pasó algo”.

Cuando viajé a Teherán, pensaba que iba a escribir una nota sobre la muerte de un hombre. Simin fue la primera que me hizo dar cuenta de que, en realidad, estaba ahí para contar una historia muy distinta.

Durante años, los medios occidentales han repetido el mismo relato sobre Irán: la República Islámica recibe el apoyo de una pequeña minoría y, cuando colapse, todo el pueblo iraní celebrará. Ese relato se vio reforzado por las manifestaciones que tuvieron lugar en 2022, cuando el país atravesó unos meses muy tensos.

A principios de 2026, los portales internacionales de noticias informaban que unos 60 000 iraníes habían muerto a manos del gobierno. La cifra fue disputada por el gobierno, que sostuvo que había habido unas 3000 muertes y que en el 80 % de los casos de trataban de shohada, es decir, mártires.

En este contexto, la palabra shohada reviste un significado especial. El término se usa para referirse a personas que han sufrido una muerte injusta: el Estado reconoce formalmente su sacrificio y sus familias reciben reconocimiento y apoyo oficiales. No es una palabra cualquiera.

El 28 de febrero, cuando comenzó la guerra, fuera del país se decía que la República Islámica estaba al borde del colapso. Reza Pahlavi, el hijo exiliado del último sah iraní, vaticinaba la inminente caída del sistema y se jactaba de contar con el apoyo de millones de sus compatriotas. Se rumoreaba que varios altos funcionarios habían huido de Irán, que el propio Alí Jameneí se escondía en un búnker o había escapado al exterior.

Sin embargo, a las pocas horas de desatada la guerra, Jameneí fue asesinado, no en un búnker, sino en su propia casa.

Unas horas más tarde, la foto de su nieta de 14 meses, que falleció en el mismo atentado, ya circulaba por todo el país. Para muchas de las personas con las que hablé, esa imagen transformó la guerra en algo íntimo. La noticia ya no tenía que ver con un gobierno, sino con una familia.

Desde la primera noche, el pueblo iraní comenzó a congregarse en la calle. Al momento de escribir esta nota, ya van más de 130 noches consecutivas en las que la gente sale a cantar consignas a una sola voz y manifiesta su apoyo a la resistencia militar frente a lo que consideran un enemigo extranjero.

Esta reacción tomó a varios por sorpresa, incluidos muchos habitantes del país.

Tres meses después del alto al fuego, las autoridades iraníes anunciaron que se llevaría a cabo el funeral del líder.

Las procesiones comenzaron el sábado en Teherán y continuaron hasta el lunes. Se calcula que millones de personas —las cifras varían según el medio que se consulte— salieron a la calle para participar de uno de los funerales con más convocatoria de la historia moderna de Irán.

Amir Mohammad, un estudiante de Medicina, fue voluntario durante la procesión fúnebre del ayatolá Alí Jameneí.

El miércoles, el féretro de Jameneí fue llevado a las ciudades sagradas iraquíes de Najaf y Karbala, donde también se congregaron millones de personas. También hubo una enorme convocatoria en Qom, la principal ciudad religiosa de Irán. La ceremonia final se celebró el jueves en Mashhad, donde, según nos comentaron, millones de personas salieron a la calle.

Hasta Donald Trump admitió su asombro. “Pensaba que el pueblo iraní odiaba a su líder. Me sorprendió ver que lloraban por él”, comentó tras ver las imágenes.

Mientras caminaba entre el gentío, una postal me llamó la atención. Muchas personas llevaban banderas rojas.

Para el ojo extranjero, el detalle puede pasar desapercibido, pero en Irán tiene un significado profundo: mientras que las banderas y ropa negra simbolizan el luto y es habitual lucir ese color tras la muerte de un ser querido, el rojo representa algo más. Ese color marca que alguien ha muerto y su sangre aún no ha sido vengada.

Este simbolismo se remonta a la ciudad de Karbala, donde en el siglo VII se produjo el asesinato del imán Huseín, figura central del islam chiita. Dentro de esta tradición, el rojo es a la vez un grito de justicia y una declaración de fe: que quienes derramaron sangre inocente no quedarán impunes.

Los medios afines al Estado iraní indicaron que unas 43 millones de personas participaron de las distintas ceremonias a lo largo y ancho de Irán, Irak y otros lugares donde se realizaron actos conmemorativos. Si bien no es posible verificar esta cifra de manera independiente, la convocatoria que atestigüé durante mis tres días en el país fue, sin lugar a duda, impresionante.

Me pasé esos tres días en Teherán caminando entre la multitud, hablando con cientos de personas. Además de mi charla con Simin, otros dos encuentros me quedaron grabados.

El primero fue con una mujer joven que conocí a pocos metros de la procesión. Me llamó la atención que no llevara la cabeza cubierta. Yo pensaba que la mayoría de quienes habían decidido acompañar el funeral eran partidarios del gobierno o personas muy religiosas: ella no tardó en asegurarme que no entraba en ninguno de esos grupos.

“No estoy de acuerdo con la República Islámica —afirmó—. No comparto su ideología ni tampoco su teología”.

No había nada en su tono que indicara que normalmente ocultara estas posturas. Se expresaba con naturalidad, tranquila, sin dudar. Y entonces hizo un comentario que no me esperaba.

“En mi opinión, el ayatolá Alí Jameneí fue el primer líder iraní en mucho tiempo que se posicionó en contra de la fragmentación de Irán”.

Me pidió que no incluyera su nombre en la nota. Es profesora de Historia y ese era, según explicó, el único motivo por el que había concurrido a la procesión. “Lo mataron junto a su familia. Creo que eso es algo sobre lo que todos los iraníes tendríamos que reflexionar. Más allá de todas nuestras divisiones internas, jamás deberíamos permitir que una potencia extranjera decida sobre nuestro futuro”.

No me estaba diciendo que hubiera cambiado de postura política. No estaba manifestando su apoyo al gobierno. Estaba diferenciando el conflicto interno de la interferencia de poderes extranjeros y haciendo hincapié en que una cosa no se soluciona con la otra.

El otro encuentro que me dejó pensando fue una conversación que tuve con una mujer mayor, en quien había reparado unas horas antes y que me volví a encontrar más entrada la tarde. Pese a tener la espalda doblada por los años, seguía caminando apoyada en un bastón de madera y de la mano de su nieto.

El calor era abrasador. En la vereda, algunos habían montado puestitos improvisados para ofrecer agua, fruta y bebidas frías a quienes pasaban por allí. Me hizo acordar a las mawakeb, las paradas que se encuentran a lo largo de la ruta de la peregrinación de Arbain, de Najaf a Karbala, atendidas por voluntarios que no piden nada a cambio.

En Teherán, había surgido algo parecido de forma espontánea. Nadie preguntaba quién apoyaba al gobierno y quién no. Nadie preguntaba quién habían votado a quién.

Me acerqué a la mujer.

“Noté que está aquí desde hace horas —le dije—. ¿Por qué le pareció tan importante venir?”.

Su respuesta me tomó desprevenido. “Vine a defender mi país —respondió—. Vi que Trump quería cambiarle el nombre al estrecho de Ormuz. Por eso estoy aquí. Por más que yo solo sea una persona, quiero poner el cuerpo para decir que el estrecho de Ormuz pertenece a Irán. Nuestro programa nuclear, nuestros misiles, todo lo que pertenece a Irán es nuestro. No vamos a permitir que Trump ni nuestros enemigos nos lo arrebaten”.

Me quedé allí unos instantes, sin saber bien qué decir.

Mientras la escuchaba, no sentía que hablaba con una mujer mayor de escasa educación formal, sino con una académica. No mencionó ni una sola vez los partidos políticos. Tampoco habló de ideología. Solo habló de Irán.

Esa tarde, mientras volvía a mi alojamiento y empezaba a ordenar mis notas, recordé una historia que había estudiado hacía unos años: la de Abás Mirzá.

Retrato de Abás Mirzá, príncipe de la corona de la dinastía kayar
Abás Mirzá, príncipe de la corona de la dinastía kayar, es recordado por haber comandado personalmente las fuerzas iraníes durante las guerras ruso-persas.

Como príncipe heredero, podría haberse mantenido a salvo detrás del ejército iraní, pero decidió combatir en la primera línea de batalla. Convocó a las tribus y comunidades de todo el país para defender a Irán de las fuerzas rusas invasoras.

Una calle del período de la dinastía kayar. En ese entonces, Abás Mirzá intentó modernizar el ejército iraní.
Una calle del período de la dinastía kayar, época en la que Abás Mirzá buscó modernizar el ejército iraní.

Durante la dinastía kayar (1789-1925), Irán libró dos guerras devastadoras contra la Rusia imperial. En la historia iraní, el Estado kayar suele ser recordado por su incompetencia y por haber perdido grandes extensiones del territorio nacional. Sin embargo, entre las figuras de aquella época hubo un nombre que siguió despertando respeto generación tras generación.

Irán perdió la guerra. Su ejército no estaba en condiciones de hacer frente al imperio ruso. Pero Abás Mirzá no pasó a la historia por haber ganado, sino porque no abandonó la batalla. Por haber luchado. Por compartir el destino de sus soldados. Más de un siglo después, sigue siendo un prócer.

Ilustración histórica de Abás Mirzá al mando de las fuerzas iraníes durante las guerras ruso-persas.

Después del funeral, me quedé pensando en este hombre.

Simin seguía de duelo por su esposo y continuaba viviendo en medio de la incertidumbre. La profesora de Historia discrepaba abiertamente de la ideología de la República Islámica. La anciana había ido a la procesión pese a su edad, porque estaba convencida de que para defender a su país tenía que salir a la calle.

Tres personas con distintas ideologías políticas, que opinaban cosas muy diferentes. Que ni siquiera habían ido al funeral por los mismos motivos.

Las tres coincidían en que era momento de decir basta.

Más allá de cuál fuera su postura, las tres estaban convencidas de que esas disputas debían resolverse puertas adentro, no quedar en manos de una potencia extranjera.

Fui al funeral esperando cubrir la muerte de un hombre, pero me encontré con un país que intentaba entenderse a sí mismo.

Algunas de las personas con las que conversé apoyaban al gobierno. Otras estaban en contra. Algunas eran muy religiosas; otras, no. Algunas habían ido a despedir a un ser querido. Otras, a defender aquello que consideraban la soberanía de su país. Algunas cargaban con mucho dolor. Otras, con bronca.

En muchos casos, esos sentimientos estaban mezclados.

Ninguna de ellas encajaba del todo en las categorías con las que suele hablarse de Irán.

El presidente Trump entró en guerra prometiendo “liberar” al pueblo iraní. Según él, la presión llevaría a los iraníes a volverse contra el propio sistema. Muchos iraníes, en efecto, se opusieron a la decisión de ir a la guerra.

Pero la premisa de Trump —que quienes se opusieran a la guerra terminarían dándole la espalda al Estado para acercarse a las potencias extranjeras que intervenían en Irán— dista mucho de lo que vi en las calles.

No quiero exagerar el alcance de lo que observé. Tres días en Teherán no bastan para conocer todas las posturas. Pero después de este viaje, entendí algo.

Había sido testigo de una realidad mucho más compleja de la que imaginaba antes de llegar a Irán.

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