Las consecuencias reales de la guerra: la perspectiva de un médico en una zona de combate

Un médico cuenta de primera mano sus experiencias en la guerra entre Irán e Iraq y pone de relieve el enorme costo humano del conflicto. La guerra, que comenzó en 1980 y duró ocho años, es considerada uno de los acontecimientos más sangrientos del siglo XX.

  • 3 meses ago
  • abril 1, 2026
7 Minuto de lectura

Una vez más, el conflicto en el Medio Oriente llega a los titulares. Desde Orato, buscamos activamente testimonios en primera persona de quienes están atravesando esta catástrofe el día de hoy. Sin embargo, creemos que es igual de importante volver a las experiencias de aquellos que han visto la guerra de cerca.

El testimonio del doctor Saiful Islam, un médico que trabajó en Irán durante la guerra con Iraq, nos recuerda cómo se vive el conflicto más allá de la estratégica y la política, a nivel humano.


Tenía unos 30 años cuando fui a Irán por primera vez.

A comienzos de la década de 1980, durante la guerra entre Irán e Iraq, la National Iranian Oil Company me había contratado como médico. Era parte de un equipo que atendía a los empleados de una de las principales regiones petroleras de Irán. Me habían asignado a la base Umidiyeh, en la provincia de Juzestán, al sur del país. Era un lugar importante. Allí convergían los oleoductos de la región, que transportaban el petróleo destinado a la exportación.

A nuestro alrededor, había cientos de miles de civiles desplazados, de familias que habían tenido que salir de la zona de combate, cerca del sur de Iraq. Vivían cerca nuestro, sin certezas, a la espera.

En aquel entonces, se pensaba que no iban a bombardear Umidiyeh. Que la presencia de tantos civiles ofrecería alguna protección.

Y nos aferrábamos a esa creencia.

Mi primera experiencia de guerra

Mi primer encuentro con la guerra no fue en el hospital.

Fue en Teherán.

Una tarde, había salido a buscar algo para cenar. De pronto, todo se puso negro. Empezaron a sonar las sirenas. Las calles, con su movimiento habitual hasta hacía unos minutos, estallaron en pánico.

No sabía a dónde ir. No sabía dónde esconderme.

Y ahí fue cuando empezó el bombardeo.

Me acuerdo de que me escondí abajo de una escalera. Oía las explosiones, una después de la otra. Duraron lo que me pareció bastante tiempo. Treinta minutos, quizá más. Nunca había vivido nada igual. Era médico, pero en ese momento, no era más que una persona aterrada.

De todos modos, seguí adelante hacia el sur de la ciudad.

Las primeras víctimas

En Umidiyeh, el trabajo comenzó de inmediato.

El hospital era pequeño. Había apenas 72 camas, pero tenía de todo. Como médico, me tocaba atender todo tipo de enfermedades. No pasó mucho tiempo hasta que el trabajo se tornó abrumador. Muchos teníamos que trabajar de día y de noche y, al día siguiente, empezábamos de nuevo.

Al principio, la comunicación fue difícil. Nos hacíamos entender de a fragmentos, con la ayuda del personal de enfermería. Sin embargo, a los pocos meses, aprendimos suficiente farsi como para hablar con los pacientes directamente.

Al principio, la guerra no siempre provocaba episodios de gran magnitud. Algunas zonas cercanas eran blanco de ataque y, cada tanto, había algunas víctimas. Nos las arreglábamos. Pero, poco a poco, algo cambió. Las personas comenzaron a vivir con el ruido de la guerra de fondo.

Las vidas que la guerra deja de lado

Lo peor era cuando había ataques fuertes en la primera línea de combate.

Nos avisaban de antemano: el hospital se evacuaba por completo. Llevábamos las camas a los corredores. Hasta las galerías se llenaban. En seguida comenzaban los llamados para pedir donaciones de sangre.

Y esperábamos.

Cuando llegaban, venían de a muchos: es difícil decir cuántos. En avión, camiones, camionetas. Muchos morían en el camino. Los heridos estaban cubiertos en sangre. Heridas de balas. De proyectiles. Habían perdido muchísima sangre.

Adentro, los cirujanos trabajaban sin descanso. Afuera, intentábamos mover a la gente. Quienes habían fallecido quedaban afuera. Eran demasiados.

No importaba cuánto nos preprarásemos: nunca alcanzaba. Muchos morían antes de que pudiéramos asistirlos.

Una imagen que se queda conmigo es lo rápido que ocurre todo. Una persona puede estar viva y, de repente, ya no está. El cuerpo pierde el color. El pulso deja de latir.

Como médico, es muy difícil aceptar esa realidad.

La guerra desde los ojos de un médico

Afuera del hospital, la guerra continuaba, más silenciosa.

Recuerdo ver más que nada a mujeres. Vestían de negro. Estaban de luto. Hijos, esposos, padres, hermanos. Todos muertos.

El duelo estaba en todas partes.

Los pacientes venían a vernos no solo por cuestiones físicas. No podían dormir. Habían perdido el apetito. Les latía fuerte el corazón. Estaban hablando menos. Todo era más pesado. Había una suerte silencio que los seguía a todos lados.

Aunque recibieran algo de ayuda, la economía familiar era precaria. Sin el ingreso de los hombres, la vida se tornaba incierta.

Con el tiempo, entendí algo:

la medicina tiene sus límites.

Cuando la destrucción es tan avasallante, hay muy poco que un médico pueda hacer. Nos enseñan salvar vidas, pero en la guerra, la magnitud nos supera.

Todavía me acuerdo del 3 de julio de 1988. Derribaron un avión de pasajeros en el golfo Pérsico. Arriba viajaban 290 personas. Encontraron los cuerpos en el mar. Algunos eran de nuestra zona. Hay momentos para los que no alcanzan las palabras, y ese fue uno de ellos.

Poco antes de volverme, viví algo que se me quedó grabado.

Dos aviones de combaten volaron bajo cerca de dónde estábamos. Llegaba a ver los números de los aviones. Hasta alcanzaba a distinguir al piloto.

Y empezaron con el bombardeo.

La central petrolera se prendió fuego. Las llamas subían hasta el cielo. El humo negro y espeso cubría todo. El fuego ardió durante días. Los sistemas de agua y electricidad quedaron destruidos. Durante tres días, no tuvimos ni una ni otra. El calor era insoportable: hacía más de 55° C.

Esa fue la primera vez que puse a pensar en serio sobre mi familia. Sobre tener hijos. Sobre qué quiere decir vivir, no solo sobrevivir. Decidí irme.

Poco después, la guerra llegó a su fin. Duró casi una década.

La guerra hoy

Cuando veo los conflictos actuales en el Medio Oriente, dudo que haya mucha diferencia con lo que yo viví.

Los patrones son los mismos. Hay personas que quieren dominar a otras. Cambian los motivos, pero no la forma de pensar.

Por supuesto, hoy las armas son mucho más avanzadas. La destrucción es mayor. Pero el sufrimiento debe sentirse igual. Las personas que más sufren no tienen ningún tipo de control sobre lo que ocurre.

Parece que el mundo no aprendió nada.

Lo que seguimos sin entender sobre la guerra

La guerra es destrucción. Se cobra vidas, destruye hogares, nos quita la paz, todo lo que le da sentido a la vida. En la guerra no hay gloria.

Solo pérdida.

Me gustaría que la gente entendiera que la compasión le gana al poder. La bondad le gana a la victoria. Deberíamos tratar a los demás como nos gustaría que nos traten. Deberíamos cuidar de los demás como nos gustaría que cuiden de nosotros.

Porque cuando se pierde la humanidad, no queda nada.

El doctor Saiful Islam es médico y consultor de salud. Durante la guerra entre Irán e Irak, trabajó como médico para la National Iranian Oil Company, en un hospiral en el sur de Irán donde atendió a civiles, trabajadores de las petroleras y víctimas de la guerra. Tiene un título en Medicina y Cirugía de la Academia Médica de Sofía, Bulgaria (1982) y un Diploma en Medicina Tropical e Higiene obtenido en Londres (1984). Desde 1999, ejerce la medicina en forma privada y actúa como consultor en materia salud pública: ha participado en proyectos de investigación y desarrollo de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Actualmente, vive en Daca, Bangladés.



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