De vuelta en Venezuela tras estar detenido en el CECOT, Arturo Suarez sobrevivió dos terremotos

Con mi hija bebé en brazos, junto a mi mujer, mientras el suelo y todo a mi alrededor temblaba y una nube de polvo nos cubría, pensé que no conseguiríamos salir del edificio. Después de todo lo que pasé en estos años, de cruzar el continente en condiciones terribles, de pasar cuatro meses en el […]

  • 15 horas ago
  • junio 30, 2026
11 Minuto de lectura
Montaje editorial de Arturo Suarez junto a imágenes de edificios dañados por el terremoto y de su departamento en Caracas tras el sismo de junio de 2026. Después de sobrevivir cuatro meses en el CECOT, la prisión salvadoreña, el músico venezolano Arturo Suarez regresó a su hogar en Caracas, donde un potente terremoto destrozó su edificio y obligó a su familia a relocarse. En este montaje, se ve el retrato de Arturo y distintas imágenes de los efectos devastadores del sismo.

NOTAS DEL PERIODISTA
Juan Martinez, junio de 2026
PROTAGONISTA
Arturo Suarez 35 años. Nació y vive en Caracas, Venezuela. Canta y escribe desde niño. Es músico y, por su carrera artística, vivió en Colombia y Chile. En 2024 emigró a Estados Unidos, donde al año siguiente fue apresado y deportado hacia El Salvador. Allí, estuvo cuatro meses en el CECOT, el infame Centro de Confinamiento para el Terrorismo. Es uno de los 252 prisioneros regresados a Venezuela como parte de un canje entre ese país y los Estados Unidos, que recibió a 10 detenidos a cambio. Esos 252 venezolanos son las únicas personas que han salido de CECOT en toda la historia del centro.
CONTEXTO
El miércoles 24 de junio, dos fuertes sismos sacudieron Venezuela con apenas unos segundos de diferencia entre sí. El segundo sismo, con una magnitud de 7,5, fue uno de los más intensos registrados en el país en el último siglo.

Cuando los temblores golpearon, decenas de edificios colapsaron y los residentes de Caracas y del vecino estado de La Guaira, las zonas más afectadas, salieron a las calles en busca de refugio.

La ONU estima que hay unos 50.000 desaparecidos. Se ha declarado el estado de emergencia y se han suspendido los servicios aeroportuarios, ferroviarios y de transporte.

La cifra de muertos y heridos va en aumento con el paso de las horas y a medida que los equipos de rescate llegan a algunas de las zonas más afectadas. Según el parte dado este domingo 28 de junio por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, 1.450 personas han muerto y 3.150 han resultado heridas.
NOTA DE LA EDITORA
Este artículo menciona tres intentos de suicido. Si estás considerando autolesionarte o conoces a alguien que esté en esa situación, en este link encontrarás números de teléfono a los que puedes llamar.

Con mi hija bebé en brazos, junto a mi mujer, mientras el suelo y todo a mi alrededor temblaba y una nube de polvo nos cubría, pensé que no conseguiríamos salir del edificio.

Después de todo lo que pasé en estos años, de cruzar el continente en condiciones terribles, de pasar cuatro meses en el infierno y después de querer quitarme la vida tres veces, todo parecía terminar para mí con el terremoto del miércoles 24 a la tarde.

Pero aquí estoy, con una oportunidad más para seguir adelante.

Los últimos años de mi vida han sido de grandes movimientos, cambios y sufrimientos de todo tipo. Con el crecimiento de mi carrera musical, en 2024 me llegó una oportunidad de firmar contrato con una compañía en Estados Unidos. Pero, como los trámites para conseguir mi visado se demoraban y yo no quería perder la oportunidad, decidí ir por mi cuenta, a través del Darién.

Ingresé al país en septiembre, a través del CBP One, un programa para solicitar asilo humanitario) y me quedé allí por unos meses.

En febrero de 2025, estaba en Raleigh, Carolina del Norte, filmando el videoclip de una canción en colaboración con un artista chileno. La temática era de reunión, así que rentamos una casa y estábamos junto a mi equipo de trabajo y unas modelos contratadas para la ocasión. Comenzamos a escuchar algo de bullicio en las calles,

a los vecinos que comentaban en voz alta la presencia de patrullas. Y luego, de un momento a otro, estaba inmerso en un escenario inimaginado: se oían helicópteros en el cielo al mismo tiempo que un grupo de oficiales armados derribó la puerta de la casa.

Alcancé a ver algunas siglas que los identificaban como agentes de ICE, FBI, DEA. Era un operativo enorme, como si allí estuviera alguien con pedido de captura internacional o algo así. Por la ventana ingresaban láseres que nos apuntaban por todo el cuerpo. En medio de gritos e insultos, nos llevaron a todos detenidos, excepto a las modelos.

Con algunos de mis tatuajes como excusa, me señalaron como miembro del Tren de Aragua, una pandilla que indicaron como organización terrorista. Unos miembros del FBI que me investigaron y vieron todo mi material, mi canal de YouTube y mi cuenta de Instagram, me reconocieron que yo no era criminal. Le llamaron a esto, simplemente, “un daño colateral”.

Pero eso no me salvó, ya que me llevaron al CECOT, en El Salvador. En ese lugar me torturaron cada día, me dañaron física y psicológicamente, buscando deshumanizarme.

Intenté quitarme la vida tres veces ahí adentro. Ya no aguantaba más golpes, no aguantaba más insultos. Intenté ahorcarme y no lo conseguí. Gracias a Dios, no tuve la fuerza suficiente.

Salir de ahí para mí fue como volver a nacer.

Regresar a Venezuela fue un bálsamo. Recuperé el contacto con la música, con la capacidad de crear y expresarme. Todo lo que pasó me dio una cierta fama, que pude aprovechar para conseguir presentaciones y shows. Me asenté como artista y, desde hace un tiempo, me dedico enteramente a la música, vivo de mi arte.

El miércoles 24 de junio junto a mi familia desayunamos tarde, de modo que nuestro almuerzo también se demoró. A las cuatro de la tarde, yo estaba en la cocina preparando un pollo, mientras mi mujer hacía dormir a nuestra bebé en la habitación. Era un día como cualquier otro,

sin nada que nos hiciera pensar que estaba por suceder algo terrible. Primero, sentí un temblor pequeño. No es habitual en Caracas, pero nosotros habíamos vivido un tiempo en Chile, donde ocurría con cierta frecuencia, así que no nos provocó susto. Pero, un poco después todo se sacudió violentamente,

el televisor cayó al suelo y la pantalla estalló, todo lo que me rodeaba estaba en movimiento. El momento parecía eterno, como suspendido en el tiempo. Mis cosas caían al suelo, no había de dónde aferrarse, porque yo mismo estaba siendo sacudido y no entendía aún cómo reaccionar.

El miedo se apoderó de nosotros, y nos llevó a la acción. Era un día caluroso, yo estaba sin camiseta y descalzo, solo llevaba unos shorts, mi mujer también estaba vestida de entrecasa. No atinamos a agarrar más que nuestros celulares y mi cédula, que estaban sobre la mesa, cargué en brazos a la bebé y salimos al pasillo.

En cuanto abrí la puerta de mi departamento, en un quinto piso, nos cubrió una nube de polvo muy densa, que nos impedía ver en cualquier dirección. El edificio crujía, emitiendo un sonido indescriptible y espantoso que jamás había oído. Nos abrazamos por un segundo, convencidos de que ya no había nada por hacer, que el edificio se nos caería encima.

Afortunadamente, reaccionamos rápido, le tapé la cara a mi hija, y comenzamos a correr por las escaleras hacia abajo. Si el edificio se caería, que no nos agarrara sin al menos intentarlo.

La nube de polvo permanecía en cada uno de los pisos del edificio, y sólo escuchábamos el crujido y los gritos desesperados de los vecinos, a quienes no llegábamos a ver bien. No nos detuvimos ni un segundo más hasta alcanzar la calle.

Cruzamos, mi mujer se sentó, le di a la bebé y volví corriendo al edificio para ayudar. Junto a otro vecino, pudimos bajar a una señora bastante mayor, que vivía en el tercer piso.

El temblor, como tal, habrá durado unos cuarenta segundos, pero parecieron eternos. En mi mente, todo sucedió a otro ritmo, como si lo viera en cámara lenta. En la calle, levanté la vista y observé a todos los edificios botando polvo, como el mío.

La gente que había conseguido salir estaba en estado de shock. Algunos tenían la mirada perdida, otros no paraban de gritar, había quienes se abrazaban y quienes corrían de un lado a otro, escapando o buscando a sus familiares. Ante cada réplica, se nos cortaba la respiración. El miedo era un manto gigante que nos cubría a todos y se apoderaba de nosotros.

Comenzamos a revisarnos entre todos para ver si teníamos alguna lesión. Mi familia y yo, más allá de algunos rasguños y golpes menores, estábamos intactos. Vi personas con la cabeza sangrando, por pedazos que se desprendieron del edificio, otros cojeaban o se tomaban partes del cuerpo que se habían golpeado.

Pero el mayor daño, al menos entre quienes estábamos a salvo en la calle, era psicológico.

Muchos nos fuimos hasta una plaza, en una especie de procesión. Cabizbajos, lentamente, aturdidos, llegamos y nos sentamos a esperar quién sabe qué, a tratar de organizarnos y decidir cómo continuar. Escuchaba a vecinos que lloraban y se lamentaban.

“Mi mamá no logró salir”, decía alguien. Otros desconocían la ubicación de sus mascotas o de sus hijos. En esa nube de palabras que se proferían al aire, alguno comentó que cerca de allí había un liceo donde podríamos guarecernos. Varios de nosotros nos levantamos y fuimos hasta allí.

En ese lugar pasamos la noche, recostados en el suelo. El ambiente era confuso: había llantos o gritos, pero de repente algunos comenzaban a reír, producto de los nervios. Las emociones estaban revueltas.

En un momento, volví a mi departamento. Subí las escaleras en ruinas, prácticamente cubiertas por los escombros, hasta llegar a mi puerta, que es lo único reconocible de lo que hasta esa tarde era mi casa. Las paredes ya estaban derrumbadas y todas nuestras posesiones quedaron aplastadas o rotas. No había absolutamente nada que pudiera rescatar.

En esos segundos en que la tierra se sacudió, lo perdí todo. No me demoré demasiado allí, por el riesgo de que se derrumbara el edificio, así que me fui sin nada en las manos.

Al día siguiente, un amigo nos invitó a quedarnos en su casa, en una zona más retirada. Nos cedió una habitación y allí nos acomodamos, espero que por poco tiempo, aunque no lo sé realmente. Desde ese momento, busco comida y ayuda para pasar los días.

Gracias a colaboraciones conseguí pañales para mi bebé y subsistimos. La mayor parte de la ayuda que encuentro, se la doy a otras personas, porque soy consciente de que, a pesar de todo, mi situación es todavía mejor que la de muchos otros.

En estos días fui a La Guaira, el lugar donde la devastación del terremoto fue peor. Al llegar, tuve la sensación de estar en una zona de guerra, porque era como si hubieran caído bombas por todas partes. Llevo ropa, desayuno, agua, lo que sea que la gente done para aliviar la situación de familias enteras que quedaron sin nada. Hay niños que quedaron solos y fueron llevados a hospitales.

Es una situación compleja y frustrante. Al caminar por las calles en esa zona, entre los escombros, se alcanza a ver los cuerpos de personas que no consiguieron salir a tiempo. El corazón se le estruja a uno al ser testigo de algo así. Es un shock, es impresionante ver lo que pasó y pensar que pudiste haber sido uno de ellos.

Por estos días me siento triste, resignado, con una sensación de desolación y vulnerabilidad que me cubre por completo. Las cosas que tenía, lo que había logrado a través de mi trabajo, lo perdí, y no lo puedo recuperar. Todo simplemente se fue.

Sin embargo, siento cierto alivio. A pesar de lo que pasé, conservo mi salud y a mi familia. No minimizo lo que sentí y sufrí, lo que estoy pasando, pero hay gente que todavía hoy está debajo de los escombros esperando ser rescatada.

It’s too soon to know what will happen next. The authorities have not yet assessed my building, so we do not know if we will be able to go back. I doubt we will. But I have an 18-month-old daughter to feed, and for her sake, as well as for my wife and myself, I will carry on.

NOTA DE LA EDITORA

Si quieres hacer alguna donación, la Associated Press compiló una lista de organizaciones que están brindando asistencia a las y los venezolanos.

Este artículo también se encuentra disponible en inglés, en traducción de Mariela Iñiguez.

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Descargo de responsabilidad de traducción

Las traducciones proporcionadas por Orato World Media tienen como objetivo que el documento final traducido sea comprensible en el idioma final. Aunque hacemos todo lo posible para garantizar que nuestras traducciones sean precisas, no podemos garantizar que la traducción esté libre de errores.

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