Un estudiante de 25 años de Teherán describe el miedo, la destrucción y la incertidumbre de vivir los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel contra Irán: desde explosiones que sacudieron su departamento a evacuar la ciudad y preguntarse qué futuro queda.
El 28 de febrero de 2026 fue sábado, pero aun así, estaba pensando en la facultad. Salí para la universidad a eso de las 8:40 de la mañana, ya que tenía que resolver algunas cuestiones administrativas y encontrarme con una de mis profesoras para hablar sobre su materia. Sin embargo, a las 9 de la mañana, me escribió para decirme que no se sentía bien, así que decidí volver a la casa de uno de mis amigos, donde me había estado quedando los últimos dos días.
Me puse los auriculares y empecé a caminar. El primer indicio de que algo andaba mal llegó entre las 9:30 y las 10 de la mañana, cuando vi a unos chicos de primaria y secundaria de entre 12 y 15 años corriendo desaforados del colegio hacia sus casas. La gente empezaba a correr en todas direcciones, con el rostro surcado por el miedo.
Parecía una escena apocalíptica.
Miré a mi alrededor y revisé el celular. Ya circulaban noticias de explosiones en el centro de la ciudad. Salí a toda velocidad para la casa de mi amigo, para despertarlo y contarle lo que había visto. Lo primero que pensó fue en su familia. No estaban en Teherán, así que lo invadió la preocupación. Según las noticias, había ataques por todos lados, y no estar con ellos lo ponía más y más ansioso.
Unas horas después, oímos explosiones y el rugido de los cazas cruzando el cielo. No sabíamos si eran iraníes o israelíes, solo que los teníamos encima. También sentimos el zumbido inconfundible de los drones, un ruido parecido al de una cortadora de césped que se suele asociar con el Shahed 136, un dron militar iraní, aunque sabíamos que estos drones eran de Estados Unidos e Israel.
Después nos enteramos de que un misil estadounidense había caído sobre una escuela primaria de la ciudad de Minab, a más de 1000 kilómetros de dónde estábamos, y de que habían muerto 120 alumnas, 26 docentes y varios padres. Al Jazeera informó que ese mismo día también habían muerto dos estudiantes de un colegio de Teherán. Creo que el colegio es el que había visto yo. La noticia nos destrozó. La gente lloraba y se preguntaba: “¿Eran blancos militares?”.
La plaza Enghelab, en el centro de Teherán, fue el sitio escogido para conmemorar a las 120 niñas, de entre 7 y 12 años, muertas en el atentado contra el colegio primario para mujeres Shajareh Tayyebeh, de la ciudad de Minab.
Muchos iraníes creen que si Dios quiere llevarse tu vida, lo hará, más allá de dónde estés o de las precauciones que tomes. Durante esos días, que fueron los peores, me aferré a esa creencia. Era Ramadán y estaba ayunando, lo que me daba una sensación de paz, la sensación de que si me hubiera llegado la hora, nada podría cambiarlo, y que si todavía no me tocaba, seguiría a salvo.
A aproximadamente las 4 a. m. del quinto día de la guerra, mientras dormía, Estados Unidos lanzó sus bombas más pesadas, de alrededor de 900 kilos. Las explosiones fueron tan intensas que sentí que todo el edificio se sacudía, que se balanceaba de izquierda a derecha bajo mis pies como si un terremoto atravesara la ciudad. Me desperté desorientado y me puse a dar vueltas por el departamento sin saber bien qué buscaba.
Tras unos minutos, cesó el temblor. Me convencí de que ya había pasado y volví a la cama. Veinte minutos después, volvieron a la carga. Me quedé ahí, acostado, sin saber si salir corriendo o quedarme en casa. Con los terremotos, a veces salir supone un peligro enorme, a veces quedarse implica una muerte segura. Es difícil elegir qué hacer. Al final, me quedé, porque no había a dónde ir.
El séptimo día de la guerra, estaba completamente agotado, desesperado por tener aunque sea unos días de paz. Decidí irme de Teherán. Cuando estaba saliendo para la terminal de micros, me di media vuelta y miré a mis padres, que me observaban desde la puerta. Tal vez los estuviera viendo por última vez, pensé. Esa imagen inquietante no se ha borrado; la llevo conmigo hasta el día de hoy.
Ya en la terminal, mientras esperaba el micro, los misiles israelíes cayeron sobre un depósito de petróleo de la ciudad. La terminal es prácticamente toda de vidrio, ya que hay ventanales del piso al techo y de pared a pared. Cuando cayeron los misiles, todos los vidrios se sacudieron. Quizá resulte sorprendente que ninguno se haya roto, pero el temblor recorrió la terminal como una ola. Todos salimos gritando del edificio.
Una vez afuera, lo que vimos nos dejó helados. A lo largo del horizonte de la ciudad, había tres o cuatro columnas de un humo negro y espeso. Durante alrededor de una hora, vimos los fuegos arder. El olor se sentía pesado, químico, e impregnó el aire por tres horas más. Después se fue, y yo me fui de Teherán, pero ese olor también es algo que llevo conmigo.
El momento en que el entrevistado temió que el próximo ataque pudiera alcanzar su hogar fue después de que un complejo deportivo perteneciente a Bargh Ara Engineering Co., que suministra electricidad en todo Irán, fuera el blanco de un ataque. “La explosión fue tremenda; hubo repercusiones en un radio aproximado de 200 metros. Alguien de mi familia me comentó que, después del ataque, se vivió el shock más absoluto: la gente no parecía enfadada ni lloraba, sino que estaba atónita. Todos permanecieron en silencio durante casi media hora. Cuando pasé por la zona, noté que muchos comercios tenían las vidrieras destrozadas y que sus productos estaban rotos. Incluso ahora, sigue habiendo escombros, polvo y vidrios esparcidos por la calle”.
En lo primero que pensé en ese momento fue en mi padre. Es una persona mayor y tiene problemas pulmonares. Me lo imaginé saliendo y respirando ese aire, y me desesperé. Lo llamé en seguida y le dije que se quedara adentro hasta que el humo se disipara.
Tras tres semanas, los ataques empezaron a menguar. Algunos de los que habían evacuado Teherán comenzaron a volver, motivados por un hecho muy simple: no había nada que pudieran hacer, así que debían vivir su vida en medio de los bombardeos.
Cuando faltaba poco para Novruz, el Año Nuevo persa que marca la llegada de la primavera, todo el mundo empezó a hacer las compras para las fiestas. Las familias volvieron a llenar los mercados, a recorrer las calles, a volver poco a poco a la cotidianeidad. La ciudad comenzó a respirar de nuevo, aunque con cautela.
Después de unos días, yo también volví a casa. Llegué temprano, a eso de las 8. Era una mañana hermosa; caía una lluvia tranquila y el canto de los pájaros se colaba por la ventana. Agotado por el viaje, me quedé dormido en un abrir y cerrar de ojos.
Alrededor del mediodía, me despertó el estruendo de las explosiones. Le habían dado a un edificio a casi 2 kilómetros de donde vivimos. Después vino otra explosión. Y otra. Cada una sonaba más cerca que la anterior. Con cada explosión, parecía que los ataques se acercaban más y más; me convencí de que el siguiente caería de lleno en el departamento.
La foto del antes y después de que la casa en la que vivía una persona allegada a la familia del protagonista quedara reducida a escombros tras ser alcanzada por bombas de Israel y Estados Unidos.
Impotente, paralizado por el miedo, recé por que las bombas no nos cayeran encima. Y tuve suerte.
Después me enteré de que habían bombardeado un complejo deportivo cercano a una central eléctrica. La explosión fue devastadora. Todos los comercios, tiendas y edificios cercanos quedaron hechos trizas. Una pariente que vivía cerca del lugar me contó algo espantoso que me quedó grabado. Un rescatista le dijo que había encontrado la cabeza de una mujer. Una mujer que caminaba por una plaza cercana cuando cayó la bomba, que había estado lo bastante cerca como para que la fuerza de la explosión la decapitara. La cabeza cayó a unos cien metros; no encontraron el resto del cuerpo.
Imagen 1 (izquierda): varios edificios hechos añicos en los ataques que tuvieron como objetivo el barrio de Resalat, al este de Teherán.
Imagen 2 (derecha): la clínica dental Mohammad Rasol Allah, situada detrás de la calle Mujahideen en Teherán, destruida en el atentado. Un pariente del protagonista, que acababa de terminar la carrera de Odontología, aspiraba a trabajar allí.
Tan pronto como se informó de la muerte del ayatola Alí Jameneí, muchos iraníes, abrumados por el dolor, lamentaron su pérdida y exigieron venganza. Otros, sin embargo, sintieron algo más cercano al alivio, incluso a la felicidad. Vieron su muerte como una oportunidad para liberar a Irán, ya que creían que la República Islámica solo se mantenía en pie por causa de Jameneí. Pensaron que, sin él, la estructura islámica podría colapsar.
Desde que empezó la guerra, venían circulando noticias falsas de que Jameneí se escondía en un búnker megafortificado, lejos del peligro que los iraníes de a pie enfrentaban día tras día. Y muchos se lo creyeron. Sin embargo, después trascendió que se había quedado en su modesta residencia por más que le hubieran advertido más de una vez que su vida corría peligro, y la opinión pública cambió de repente. Todo el mundo empezó a apoyar a Jameneí, como si nunca hubieran estado en su contra.
Quisiera explicar por qué. Algunos de los gobernantes más poderosos de Irán de la historia reciente, incluidos los dos últimos sahs, perdieron el poder y murieron en el extranjero. Ese recuerdo está muy presente en la memoria iraní. Por eso, para muchos, si un líder se queda con el pueblo o huye es algo que tiene un peso real. Cuando la gente se dio cuenta de que los rumores sobre el búnker no eran más que propaganda occidental, muchos empezaron a ver a Jameneí desde otra perspectiva.
Unas semanas después de que empezara la guerra, crucé hasta la otra punta de la ciudad para ir a visitar a unos amigos. En la calle, había multitudes congregadas en todos lados, en las plazas y en las esquinas: llevaban banderas iraníes y coreaban la consigna “Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel”.
Una marcha nocturna en la Plaza Enghelab, en el centro de Teherán. Estas manifestaciones suelen comenzar a alrededor de las 22 h y terminan a la medianoche, aunque algunas personas se quedan hasta las 4 de la mañana agitando banderas y coreando consignas contra los gobiernos estadounidense e israelí y a favor de las fuerzas militares del país. Este es solo un ejemplo entre cientos de este tipo de protestas que tienen lugar cada noche.
Una gran multitud se congregó en una plaza para mostrar su apoyo al nuevo líder iraní, Mojtaba Jameneí, hijo de Alí Jameneí, mientras los misiles golpeaban blancos cercanos. En vez de huir, permanecieron firmes, cantando “Alá-o-Akbar” y negándose a retroceder.
Quisiera dejar clara mi postura personal, porque las cosas no son tan simples. No tomo partido entre la República Islámica y quienes se oponen a ella. Sin embargo, condeno sin dudarlo los ataques estadounidenses e israelíes. Y si nos invadieran por tierra, estaría dispuesto a tomar las armas y defender a mi país.
No lo digo por lealtad al gobierno. No estoy de acuerdo con su postura, con su política exterior, con su política interior, ni con nada.
Pero mi país es mi país. Y en lo que digo, está la voz de muchos iraníes: siempre que por nuestras venas corra aunque sea una gota de sangre, nos enfrentaremos a Estados Unidos e Israel para defender a Irán.
Ahora hay un alto al fuego, pero no sabemos cuánto durará ni qué vendrá después. En el fondo, vivimos con el miedo constante de que, si el alto al fuego fracasa, los ataques se reanudarán e Irán podría enfrentarse a una catástrofe, incluso en lo económico.
Soy algo religioso. Rezo y ayuno, pero la guerra ha afectado mi fe de formas contradictorias. La ha fortalecido y erosionado al mismo tiempo. Por un lado, cuando estoy cerca de la muerte, naturalmente me siento atraído hacia Dios. Empecé a pensar que puedo morir la semana que viene, así que ¿por qué no rezar más? ¿Por qué no hacer más el bien mientras pueda?
En primer plano, un homenaje a las niñas fallecidas en el bombardeo a la escuela de Minab. En el fondo, un edificio residencial destruido.
Por otro lado, me enfrento a dilemas más difíciles. Si Dios existe, tengo que preguntarme por qué persiste la destrucción y por qué se pierden tantas vidas inocentes. La guerra no ha cambiado mi fe, pero la ha alterado y desestabilizado, y no paro de buscar respuestas que aún no he encontrado.
También sé que la guerra ha cambiado radicalmente mis proyecciones para el futuro. Antes, pensaba que tenía un camino claro por delante. Planeaba conseguir un trabajo en Irán (paradójicamente, en Relaciones Internacionales) o quizá mudarme al exterior. Como los edificios que me rodean, esos sueños se han desmoronado. Ahora, con profunda decepción, me pregunto si el futuro que una vez soñé sigue estando a mi alcance. Me temo que la destrucción que la guerra trae aparejada puede cambiar tan drásticamente mi vida que, en vez de centrarme en mi carrera profesional, tal vez no me quede otra que concentrar todas mis energías en conseguir algo que comer y vivir el día a día.
Traducido al español por Mariela Iñiguez