Una refugiada sudanesa fue obligada a tener relaciones sexuales a cambio de medicamentos para su madre

Una refugiada sudanesa de 17 años narra su testimonio: migrar para huir de la guerra, vivir en un campamento de refugiados en Chad y ser extorsionada para tener sexo con un trabajador humanitario a cambio de los medicamentos que su familia necesitaba para sobrevivir.

  • 4 semanas ago
  • julio 12, 2026
6 Minuto de lectura
Un grupo de refugiados sudaneses en el campamento Adré, al este de Chad, donde muchísimas familias desplazadas dependen de los alimentos, las viviendas y la atención médica que les brindan las organizaciones humanitarias. Los refugiados que escaparon del conflicto en Sudán y hoy viven en el campamento Adré, al este de Chad, dependen de la ayuda humanitaria. Foto: cortesía de Médicos Sin Fronteras.
Notas del periodista
Ziller Djérambété, julio de 2026
Protagonista:
N. A. (17) es una refugiada de Sudán que hace tres años migró junto a su familia al campo de refugiados Adré, en el este de Chad. Dejó toda su vida atrás: parientes, amigos, su país. Hace un año, un farmacéutico de Médicos Sin Fonteras la extorsionó para que tuviera relaciones sexuales con él a cambio de los medicamentos que su familia necesitaba . Antes soñaba con ser maestra. Hoy, se limita a esperar qué deparará el futuro: asegura que tiene fe en su destino.

N. A. quiso compartir su historia. Como es menor de edad, Orato accedió a proteger su identidad.
Información general:
Médicos Sin Fronteras lleva adelante una misión en Chad desde 1981, con la que buscan abordar la falta de acceso a la salud en distintas provincias, en particular en contextos de crisis humanitarias, epidemias, conflictos armados y migraciones forzadas. En todo este tiempo, Médicos Sin Fronteras ha atendido a millones de pacientes.

Actualmente, casi 1 300 000 refugiados sudaneses viven en Chad: más de 900 000 migraron después de que se desatara la guerra civil en 2023. La mayoría espera volver a Sudán cuando la seguridad lo permita.

En 2025, The Associated Press denunció que algunos integrantes nacionales y extranjeros de Médicos Sin Fronteras estaban aprovechándose de adolescentes refugiadas, a quienes ofrecían alimentos, medicamentos y capacitación laboral a cambio de favores sexuales. En junio, The Associated Press publicó los resultados de una investigación interna de la organización que confirmaba 59 acusaciones de abuso e indicaba que habían despedido a 18 miembros del personal. Según el informe de la investigación, el patrón observado sugería la posible existencia de una red organizada de trata de personas con fines de explotación sexual.

Para entender cómo las víctimas pueden haber llegado a encontrarse en esa situación, conviene destacar distintos factores: la dependencia de los refugiados en las organizaciones humanitarias para recibir alimentos, atención médica y, a veces, trabajo; la situación de extrema pobreza y falta de recursos tras huir del conflicto; la separación de las familias; la superpoblación de los campamentos; la falta de mecanismos de protección adecuados; el miedo a no recibir más asistencia si se hace la denuncia, y el trauma psicológico dejado por la guerra, la violencia y el exilio.

Me llamo N. A. Tengo 17 años, soy sudanesa y refugiada. Mi familia y yo nos fuimos de Sudán en abril de 2023 cuando se desató la guerra en Darfur. Al igual que miles de personas, cruzamos la frontera en busca de un lugar seguro donde rehacer nuestras vidas. Hoy vivimos en un campamento llamado Adré, al este de Chad. Incluso aunque hayamos escapado de la guerra, la vida sigue siendo difícil. En el campamento, dependemos por completo de la ayuda humanitaria para recibir alimentos, atención médica y educación. Tenemos acceso a comida, salud y, a veces, formación académica, pero las necesidades son enormes y las listas de espera suelen ser muy largas.

Con el tiempo, uno empieza a conocer a los trabajadores humanitarios que vienen al campamento. Algunos nos ayudan de verdad y con respeto. Pero a veces hay quienes se aprovechan de nuestra vulnerabilidad.

Hace alrededor de un año, un farmacéutico joven de Médicos Sin Fronteras empezó a interesarse en mí. Al principio, era generoso conmigo cuando repartía los medicamentos. Ayudaba más a mi familia, nos daba más remedios. Teníamos muy poco, así que hacía una diferencia enorme.

Pero con el tiempo, la dinámica cambió.

Un día, vino a traer medicamentos para mi mamá, que tiene tuberculosis. El resto de la familia también tenemos que tomar un remedio en forma preventiva. En esa ocasión, me dijo que quería que tuviéramos una relación. Le dije que no. Me puso incómoda; yo no quería eso. Tenía 16 años.

Después de mi negativa, empezó a actuar distinto. Cada vez nos costaba más recibir ayuda. Sentía una presión constante, ya que sabía que mi mamá necesitaba los remedios. Cuando él estaba a cargo de la repartida, casi nunca nos llegaba nada.

Todo el tiempo me decía que estaba enamorado de mí, que quería casarse conmigo, que iba a cuidarme y encontrarme un buen trabajo. Yo era muy chica, estaba lejos de mi país y en una situación muy precaria, así que terminé creyendo lo que me prometía. Pensé que estaba diciéndome la verdad.

También pensé que quizá ese fuera el precio que tenía que pagar para que mi familia recibiera los medicamentos que tanto necesitaba.

Refugios transitorios y una carpa de Médicos Sin Fronteras en el campamento de refugiados Adré, en el este de Chad.

Terminé accediendo.

Tuvo relaciones sexuales conmigo durante meses. A veces me daba dinero, regalos, medicamentos extra. Al principio, pensé que me estaba ayudando. Ahora me doy cuenta de que en realidad se estaba aprovechando de mi vulnerabilidad.

Lo más difícil fue cuando también empezó a interesarse en mi hermana mayor. Dejó en claro que nos daría más medicamentos si accedíamos a lo que nos pedía.

Ahí entendí que yo no era alguien especial para él y que sus intenciones no eran sinceras. Me había engañado.

En ese momento, pensaba que ese tipo de situaciones eran algo normal. Me había hecho creer que a muchas mujeres y niñas del campamento les pasaba lo mismo. No sabía que tenía derecho a denunciarlo ni que había mecanismos para protegernos.

Durante mucho tiempo no dije nada.

Pero un día logré reunir el valor para contarle a mi familia. Mi mamá fue la primera persona a la que se lo confié. No me juzgó, sino que me mostró su apoyo. Mi familia me incentivó a contar lo que me había pasado. Con su ayuda, hice la denuncia ante las autoridades.

Al principio, me preocupaba que no me creyeran. Tenía miedo de las consecuencias y las represalias. Sin embargo, muchas personas estaban al tanto de la situación y me respaldaron con su testimonio. Mi hermana, que se negó a ceder ante la presión, también aprovechó la oportunidad para denunciar a este abusador.

Esta persona ya no trabaja en el campamento.

Aunque eso me alivió, sigo llevando las heridas. Esta experiencia me ha dejado una cicatriz muy profunda. Recibí acompañamiento psicológico y atención médica. Estoy intentando seguir adelante, pero hay cosas que no se olvidan fácilmente.

Muchas veces pienso en todas las chicas que viven estas historias en silencio. Muchas tienen miedo. Piensan que su familia puede quedarse sin recibir los medicamentos que tanto necesita. Otras creen que las van a amenazar o juzgar. Entiendo ese miedo, porque también fue el mío.

Hoy elijo compartir mi testimonio porque quiero que las cosas cambien. Los refugiados necesitan protección, respeto y dignidad. Nadie debería tener que elegir entre sobrevivir y estar a salvo.

Mi mensaje para las demás víctimas es este: anímense a hablar. Aunque crean que nadie va a escucharlas, aunque no tengan evidencia, cuéntenle a una persona de confianza. El silencio proteje a los abusadores, no a las víctimas.

Yo elegí hablar. Y espero que mi voz ayude a otras a reunir la valentía necesaria para hacer lo mismo.

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