Una refugiada sudanesa de 17 años narra su testimonio: migrar para huir de la guerra, vivir en un campamento de refugiados en Chad y ser extorsionada para tener sexo con un trabajador humanitario a cambio de los medicamentos que su familia necesitaba para sobrevivir.
Me llamo N. A. Tengo 17 años, soy sudanesa y refugiada. Mi familia y yo nos fuimos de Sudán en abril de 2023 cuando se desató la guerra en Darfur. Al igual que miles de personas, cruzamos la frontera en busca de un lugar seguro donde rehacer nuestras vidas. Hoy vivimos en un campamento llamado Adré, al este de Chad. Incluso aunque hayamos escapado de la guerra, la vida sigue siendo difícil. En el campamento, dependemos por completo de la ayuda humanitaria para recibir alimentos, atención médica y educación. Tenemos acceso a comida, salud y, a veces, formación académica, pero las necesidades son enormes y las listas de espera suelen ser muy largas.
Con el tiempo, uno empieza a conocer a los trabajadores humanitarios que vienen al campamento. Algunos nos ayudan de verdad y con respeto. Pero a veces hay quienes se aprovechan de nuestra vulnerabilidad.
Hace alrededor de un año, un farmacéutico joven de Médicos Sin Fronteras empezó a interesarse en mí. Al principio, era generoso conmigo cuando repartía los medicamentos. Ayudaba más a mi familia, nos daba más remedios. Teníamos muy poco, así que hacía una diferencia enorme.
Pero con el tiempo, la dinámica cambió.
Un día, vino a traer medicamentos para mi mamá, que tiene tuberculosis. El resto de la familia también tenemos que tomar un remedio en forma preventiva. En esa ocasión, me dijo que quería que tuviéramos una relación. Le dije que no. Me puso incómoda; yo no quería eso. Tenía 16 años.
Después de mi negativa, empezó a actuar distinto. Cada vez nos costaba más recibir ayuda. Sentía una presión constante, ya que sabía que mi mamá necesitaba los remedios. Cuando él estaba a cargo de la repartida, casi nunca nos llegaba nada.
Todo el tiempo me decía que estaba enamorado de mí, que quería casarse conmigo, que iba a cuidarme y encontrarme un buen trabajo. Yo era muy chica, estaba lejos de mi país y en una situación muy precaria, así que terminé creyendo lo que me prometía. Pensé que estaba diciéndome la verdad.
También pensé que quizá ese fuera el precio que tenía que pagar para que mi familia recibiera los medicamentos que tanto necesitaba.
Tuvo relaciones sexuales conmigo durante meses. A veces me daba dinero, regalos, medicamentos extra. Al principio, pensé que me estaba ayudando. Ahora me doy cuenta de que en realidad se estaba aprovechando de mi vulnerabilidad.
Lo más difícil fue cuando también empezó a interesarse en mi hermana mayor. Dejó en claro que nos daría más medicamentos si accedíamos a lo que nos pedía.
Ahí entendí que yo no era alguien especial para él y que sus intenciones no eran sinceras. Me había engañado.
En ese momento, pensaba que ese tipo de situaciones eran algo normal. Me había hecho creer que a muchas mujeres y niñas del campamento les pasaba lo mismo. No sabía que tenía derecho a denunciarlo ni que había mecanismos para protegernos.
Pero un día logré reunir el valor para contarle a mi familia. Mi mamá fue la primera persona a la que se lo confié. No me juzgó, sino que me mostró su apoyo. Mi familia me incentivó a contar lo que me había pasado. Con su ayuda, hice la denuncia ante las autoridades.
Al principio, me preocupaba que no me creyeran. Tenía miedo de las consecuencias y las represalias. Sin embargo, muchas personas estaban al tanto de la situación y me respaldaron con su testimonio. Mi hermana, que se negó a ceder ante la presión, también aprovechó la oportunidad para denunciar a este abusador.
Esta persona ya no trabaja en el campamento.
Aunque eso me alivió, sigo llevando las heridas. Esta experiencia me ha dejado una cicatriz muy profunda. Recibí acompañamiento psicológico y atención médica. Estoy intentando seguir adelante, pero hay cosas que no se olvidan fácilmente.
Muchas veces pienso en todas las chicas que viven estas historias en silencio. Muchas tienen miedo. Piensan que su familia puede quedarse sin recibir los medicamentos que tanto necesita. Otras creen que las van a amenazar o juzgar. Entiendo ese miedo, porque también fue el mío.
Hoy elijo compartir mi testimonio porque quiero que las cosas cambien. Los refugiados necesitan protección, respeto y dignidad. Nadie debería tener que elegir entre sobrevivir y estar a salvo.
Mi mensaje para las demás víctimas es este: anímense a hablar. Aunque crean que nadie va a escucharlas, aunque no tengan evidencia, cuéntenle a una persona de confianza. El silencio proteje a los abusadores, no a las víctimas.
Yo elegí hablar. Y espero que mi voz ayude a otras a reunir la valentía necesaria para hacer lo mismo.