El activista albanés Baki Goxhaj se embarcó en la flotilla Global Sumud rumbo a Gaza. En este relato cuenta cómo las fuerzas israelíes interceptaron su barco y reconstruye los cuatro días de encierro y maltrato que siguieron.
Sigo la causa palestina desde hace casi veinte años. Cuando empezó el genocidio, hace tres años, las imágenes y los videos que llegaban desde Gaza me atravesaron: personas despedazadas, barrios enteros convertidos en escombros, hambre, sangre, un sufrimiento inmenso. Todo eso me afectó mucho tanto en lo emocional como en lo psicológico. Pero también me obligó a hacer algo.
Empecé a hablar más fuerte, a organizar protestas en distintos lugares de Albania para intentar combatir la indiferencia y obligar a la gente a ver lo que estaba pasando en Gaza.
Pero no me alcanzaba. Volvía una y otra vez a la misma pregunta: si las personas que considero mis hermanos y hermanas están sufriendo tanto, ¿qué es lo mínimo que puedo hacer? Acompañarlos. Ver con mis propios ojos lo que están viviendo. Compartir aunque sea una parte ínfima de ese dolor.
Quería entender su dolor de cerca. Hacer algo, lo que fuera, para ayudar ponerle fin. Por eso, cuando apareció la oportunidad, no lo dudé. Me sumé a la Flotilla por la Libertad rumbo a Gaza. El plan era ir a Gaza para llevar ayuda humanitaria y mostrar nuestra solidaridad con el pueblo palestino.
La primera —y única— persona que supo que iba a ir fue mi esposa. Se lo conté cuando me invitaron a participar de la capacitación para la misión.
Ella también milita desde hace años por la causa palestina. Sabía del estrés, la incertidumbre y el miedo que podía traer una misión así, pero me apoyó de todo corazón. Entendió por qué sentía que tenía que ir y en ningún momento intentó disuadirme.
Su apoyo, comprensión y fortaleza me alentaron a seguir adelante. Sin ella, habría sido muy difícil, si no imposible, soportar todo lo que viví.
No le conté a nadie más. No quería que el gobierno ni la policía de Albania se enteraran de lo que iba a hacer. Como están muy influenciados por Israel (o, al menos, así lo veo yo), me daba miedo que intentaran detenerme antes de que pudiera siquiera embarcarme.
El año anterior ya había intentado sumarme a la misión, pero llegué tarde y no pudo ser. Esta vez, gracias a los vínculos que había tejido en el Colectivo Palestina Libre de Albania, pude sumarme a la flotilla.
Después de incorporarme al movimiento Thousand Madleens to Gaza (TMTG), una organización de solidaridad que trabaja junto con la Coalición de Flotillas por la Libertad (FFC), viajé a Italia en marzo de 2026. Allí participé de una capacitación de cinco días, junto con otras personas de distintos países, donde nos prepararon para todo: nos hablaron desde los aspectos prácticos y jurídicos de la misión, y también de su carácter no violento.
A comienzos de mayo, me confirmaron que había sido seleccionado para formar parte de la tripulación. Después de completar la capacitación, volé a Grecia y subí al Kyriakos X. Éramos ocho tripulantes: tres de Grecia, dos de Francia, uno del Reino Unido, uno de Corea del Sur y yo, de Albania.
El 8 de mayo salimos de Creta rumbo a Marmaris, en Turquía, donde nos reuniríamos con las demás embarcaciones antes de emprender la travesía. Pese a ser de países distintos, hablar diferentes lenguas y tener culturas y vidas muy diversas, enseguida nos convertimos en un grupo unido. Comíamos juntos, nos repartíamos las tareas y pasábamos horas charlando y contando historias mientras navegábamos.
Lo que nos unía podía mucho más que las diferencias: una voluntad común de acompañar al pueblo de Gaza y hacer nuestra parte para llevarle ayuda humanitaria.
A bordo nos movía una misma convicción. Sabíamos que el arroz, la pasta, los alimentos enlatados, los pañales y los artículos de higiene que transportábamos no iban a terminar, por sí solos, con la catástrofe humanitaria que hay en Gaza. Pero la carga era apenas una parte de la misión. También queríamos decir algo: que había personas comunes y corrientes de países lejanos que no estaban dispuestas a hacer la vista gorda ante el enorme sufrimiento del pueblo palestino.
En un momento, la mayor parte de la flotilla ancló en Marmaris, Turquía, mientras cinco embarcaciones de la Coalición de Flotillas por la Libertad iban una isla griega cercana. Pasamos allí varios días. Mientras los organizadores ultimaban los detalles de la misión, terminamos de acomodar todo en los barcos turcos, reparamos algunas embarcaciones, cargamos los suministros que íbamos a llevar y coordinamos la logística para la siguiente etapa.
Todavía estábamos lejos de Gaza, pero empezábamos a sentir que aquello iba en serio. Los días pasaban entre preparativos e incertidumbre. Cuando por fin estuvo todo listo, volvimos a zarpar.
Después de un día de viaje, tuvimos que detenernos en otro puerto turco, más al sur. El mar estaba bravo y había dañado varias embarcaciones. Las reparaciones llevaron unos días. Había que volver a poner los barcos en condiciones antes de continuar.
El 16 de mayo, toda la flotilla volvió a salir rumbo a Gaza. Desde aquel último puerto navegamos durante 24 horas sin problemas. Cuando entramos en aguas internacionales, ya de noche, empezó a crecer la ansiedad. Sabíamos que podían interceptarnos en plena oscuridad.
Sin embargo, tuvimos una noche tranquila.

Éramos muy conscientes de lo que probablemente fuera a pasar. Israel iba a intentar interceptarnos. Aun así, todos conservábamos la esperanza de que al menos algunas embarcaciones pudieran llegar a Gaza. Esperábamos instrucciones del equipo organizador y confiábamos en su estrategia para que al ejército no le fuera tan fácil interceptarnos a todos. Esa última noche, pusimos el plan en práctica.
Pasamos la primera noche navegando agotados y en alerta permanente: vigilábamos, esperábamos y nos preparábamos para que las fuerzas israelíes tomaran el control de la embarcación. A la mañana siguiente, la tensión cedió. La gente se relajó y volvió la alegría.
Mientras preparaba el desayuno, nuestro capitán, un francés, me dijo que tal vez estuvieran por interceptarnos. Al principio no le creí: apenas unos minutos antes estábamos celebrando que la noche hubiera pasado sin incidentes.
Pero en ese momento, uno de los capitanes nos ordenó ponernos los chalecos salvavidas y subir a cubierta.
Agarré mi chaleco de mala gana y corrí hacia cubierta. Ni siquiera llegué a repasar la lista mental que había preparado para ese momento: la ropa que quería ponerme, los pocos artículos personales que quería llevar conmigo. Hasta me convencí de que probablemente se trataba de un simulacro.
Cuando llegué a cubierta, vi un enorme barco israelí en el horizonte y dos lanchas que se dirigían a toda velocidad hacia otras embarcaciones de la flotilla, que estaban más adelante. Recién ahí dimensioné lo que estaba pasando.
Uno de los capitanes encendió el motor y aceleró al máximo para intentar dejarlos atrás, pero, tras interceptar las otras embarcaciones, las lanchas israelíes se dirigieron hacia la nuestra. Por megáfono, nos ordenaron apagar el motor.
No obedecimos. Seguimos avanzando hasta que abrieron fuego. Una bala pegó en una estructura que estaba justo encima nuestro. Uno de los capitanes dio orden de detenernos: ya situación ya era demasiado peligrosa.
Cuando el velero aminoró la marcha, los soldados israelíes se subieron a los gritos. Nos ataron las manos con precintos y preguntaron quién sabía navegar la embarcación. Como al principio no respondimos, empezaron a golpearnos.
Me habían atado las manos muy fuerte. Cuando protesté, me arrastraron y me tiraron de cara contra la cubierta. Me lastimé la rodilla. Después me vendaron los ojos con un trozo de tela y me dieron un par de patadas en las costillas. Me dijeron que dejara de quejarme. Que me soltarían cuando procesaran al resto.
Después agarraron a uno de nuestros compañeros: los tomaron de rehén, lo golpearon y le dispararon con una pistola táser en el cuello. Ahí una de nuestras capitanas ya no pudo aguantar más: se adelantó y puso el barco en el rumbo que le indicaban.
Cuando nos trasladaron a su lancha rápida, me desataron las manos y me quitaron la venda. Volví a ver. A partir de entonces me ataron y me desataron varias las manos veces. También se llevaron nuestras mudas de ropa y nos quitaron los cordones de los zapatos.
Los soldados israelíes nos golpearon sin piedad. Nos agarraban del cuello y nos arrastraban de un lado a otro. Nos obligaban a mantener la cabeza gacha. No nos dejaban mirar hacia arriba. Tampoco ponernos de pie.
También nos dispararon con balas de goma. Una alcanzó a nuestra capitana en el muslo. La herida era tan grande que tenía miedo de haberse cortado una vena y estar a punto de desangrarse: tuvieron que llevarla a la enfermería del barco. La bala era de goma, pero la lesión fue grave.
Nos llevaron en lancha a un barco prisión enorme, rodeado de contenedores. Una vez dentro de la zona de contenedores nos soltaron las manos, pero seguíamos encerrados. Ni siquiera había espacio para que todos se recostaran, así que algunos tuvieron que turnarse para dormir.
Yo crecí en una aldea de montaña en Albania, así que sé lo que es pasarla mal, pero puedo afirmar, sin ninguna duda, que esas dos noches fueron las peores de mi vida.
Mientras tanto, seguían interceptando otros barcos de la flotilla y llevando gente a bordo. Pasamos frío. No teníamos ropa adecuada ni un lugar digno donde descansar. Nos daban apenas un poco de pan y agua. Lo justo para mantenernos con vida.
Muchos empezaron a hacer huelga de hambre. Algunos dejaron incluso de tomar agua.
En la parte del barco prisión donde estaba yo no vi ningún caso de abuso sexual, pero más tarde nos encontramos con quienes habían estado en el segundo barco y nos contaron que ahí sí había habido muchos casos de abuso.

El barco prisión cambiaba de rumbo una y otra vez. Iba detrás de otras embarcaciones de la flotilla que también habían sido interceptadas. Finalmente puso rumbo al sur, hacia Israel. Hacia el puerto de Ashdod.
Cuando desembarcamos, los soldados apartaron a un compañero turco que había estado gritando «¡Palestina libre!». Avanzamos por un pasillo entre los contenedores. De un lado estaba la salida. Del otro, un espacio abierto. Lo apartaron y comenzaron a golpearlo de a muchos. Los gritos se escuchaban desde el patio.
Entonces nos plantamos. Nadie quiso seguir avanzando hasta que lo devolvieran.
No lo hicieron: los militares identificaron al líder de esa resistencia, se acercaron, le dispararon balas de goma a corta distancia y se lo llevaron a rastras. El miedo se extendió rápidamente: retrocedimos y volvimos a obedecer, y ellos nos siguieron procesando uno por uno.

Yo fui el último. Me dejaron a propósito para el final. Vi cómo ponían mi pasaporte abajo de todos y enseguida entendí por qué.
Mientras me llevaban hacia la salida, un soldado se me acercó y me preguntó: «¿Te acordás de mis ojos?» Sí. Me acordaba. El día anterior, cuando nos habían disparado después de que algunos gritáramos desde dentro de los contenedores, yo les había respondido: «¡Palestina libre!». Había cruzado la mirada con uno de los soldados que apuntaba hacia nosotros.
Ahora estaba delante mío. Sabía lo que venía. Pero no corrí. No me resistí. No grité.
Apenas salí, un grupo de soldados empezó a atacarme. Me abofetearon. Me clavaron una rodilla en el muslo. Me pegaron un puñetazo en el estómago. Después me golpearon las costillas con un objeto que todavía no sé identificar. Y me arrastraron.
Dos semanas después, las costillas todavía me dolían. El dolor iba aflojando, pero seguía ahí.
Estaba allí cuando Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional de Israel, entró en la carpa enorme donde nos tenían retenidos después de sacarnos del barco prisión. Los soldados nos habían atado. Nos obligaban a mantener la cabeza contra el suelo. Nos ponían en posiciones incómodas después de habernos golpeado durante horas.
Yo estaba en un rincón. Lo vi entrar con su comitiva. Habló en hebreo. Parecía burlarse de nosotros. Se jactaba delante de los que lo acompañaban. Después se fue.
Nos quedamos en aquella carpa durante cuatro o cinco horas. Algunos pedían una y otra vez que necesitaban ver a un médico. Otros se iban desmayando. Otros permanecían tirados en el suelo, con las costillas rotas y el cuerpo tomado por el dolor.
En un momento, el hombre que estaba justo delante de mí perdió el conocimiento. Venía escuchando su respiración, y de repente, nada. Le toqué la mano. No respondió. Pedí un médico y después de un rato se lo llevaron.
A su lado había un hombre turco con varias costillas rotas. Le dolía tanto que no podía moverse. Pedí ayuda tres veces. Las dos primeras, los soldados se acercaron, lo miraron y se fueron. Recién a la tercera lo trasladaron.
Desde la carpa nos llevaron a un centro de procesamiento improvisado, atendido por funcionarios civiles. Nos preguntaron por qué estábamos en Israel. Adalah, una organización que trabaja por los derechos de la minoría árabe en Israel, nos brindó servicios de interpretación jurídica. Después de todo lo anterior, esa parte resultó mucho más llevadera.
Después del interrogatorio, vino el registro corporal. Tuvimos que quitarnos toda la ropa y volver a vestirnos detrás de unas cortinas, en habitaciones pequeñas, mientras dos soldados permanecían allí.
Después nos subieron a un autobús penitenciario. Esperamos durante horas. Primero, a que se llenara. Después, durante el largo viaje hasta la prisión.
Nos llevaron de una habitación a otra, de un lugar a otro, hasta que terminamos dentro de una jaula enorme. Una jaula de verdad, diseñada para humillarnos. Nos ordenaron que nos sentáramos, aunque no había dónde. Tuvimos que obedecer, por más que fuera incomodo, insoportable.
Finalmente, nos llevaron a las celdas para pasar la noche. La mayoría recibió una manta y un lugar donde dormir. Yo no tuve cama ni colchón, solo una manta. Me acosté directamente sobre el piso y traté de pasar la noche. El frío me calaba hondo en el cuerpo.
Al cuarto día dentro de aquella jaula de hierro, nos preguntaron si queríamos volver a casa. Quienes querían irse cuanto antes tenían que firmar un papel y poner su nombre. Muchos accedieron. Estaban agotados; ya no aguantaban más.
Otros nos negamos, siguiendo el consejo de los abogados de Adalah que nos representaban.
Después nos llevaron, uno por uno, frente a un juez. Las preguntas eran simples: cómo nos llamábamos, de dónde éramos, si teníamos pasaporte válido y si queríamos volver a casa. La mayoría dijo que sí. Algunos cuestionaron el procedimiento. ¿Por qué estaban detenidos? ¿Por qué no podían volver a su velero?
Nadie nos dijo formalmente que íbamos a ser deportados. Solo nos preguntaron si queríamos irnos.
Una mañana, sin explicación, nos subieron a un autobús penitenciario y arrancaron. No nos dijeron adónde íbamos. No nos explicó qué iba a pasar. Suponíamos que nos estaban por deportar, pero recién confirmamos que estábamos de camino al aeropuerto cuando alguien alcanzó a ver un cartel a través de las pequeñas aberturas de las ventanas del autobús.
Entonces quedó claro. Nos estaban deportando. Incluso a quienes nos habíamos negado a firmar el papel. Alrededor del mediodía subimos a un avión. Primero volamos a Turquía. Desde allí, cada uno siguió viaje hacia su país.
Aterricé en Albania el 22 de mayo. Apenas llegué, se me acercó un grupo de policías que me llevó directamente a una salita, donde estuvieron dos horas preguntándome por el viaje a Gaza y la misión.
Soy musulmán practicante y se nota. La sensación que tuve al llegar a Albania no fue de bienvenida: tuve que atravesar un interrogatorio en el que sentí juzgado por mi religión, algo que los musulmanes de Albania conocemos muy bien.
Cuando por fin me dejaron salir, me esperaban mi esposa y mis dos hijos. Con ellos había varias personas del Colectivo Palestina Libre: amigos, compañeros de militancia y personas que habían estado esperando mi regreso. Fue un momento muy fuerte. Me recibieron entre gritos y abrazos, con una calidez enorme.
Apenas llegué, me di cuenta de que me había convertido en figura pública. Cuando estaba detenido en Israel, los medios habían difundido un video mío a bordo de la embarcación. Hasta un parlamentario había hablado del caso.
Durante esos días, mi esposa cargó con buena parte del peso emocional de todo lo que estaba pasando. Dio entrevistas. Se ocupó de que se hablara del tema. Evitó que la atención pública se apagara. En todos lados me preguntaban lo mismo: ¿quién era? ¿Por qué me había sumado a la misión? ¿Qué podía llevar a alguien a arriesgar la vida de esa manera?
Gracias a eso, mucha más gente comenzó a tomar conciencia de la situación. Ayer mismo, una vecina me contó que no sabía nada de la causa palestina hasta que se enteró de que me habían detenido, y que a partir de ahí había comenzado a informarse. Ese es parte del sentido de la misión: cada vez se habla más sobre el genocidio y la postura del gobierno albanés. Para mí, el hecho de que cuente a un régimen genocida entre sus aliados da cuenta de un rechazo de la ética y el derecho internacional, lo que resulta preocupante.
No guardo rencor por lo que viví. En todo caso, siento una profunda gratitud por haber podido conocer aunque sea apenas una pequeña parte de lo que mis hermanos y hermanas palestinos han sufrido durante décadas y, en especial, durante estos últimos tres años.
Desde que regresé, me preguntaron muchas veces si volvería a embarcarme en una misión así. Mi respuesta es sí.
Sé lo que eso significa para mis seres queridos. Estar detenido en Israel implica un riesgo real de que las cosas salgan muy mal, incluso de no volver. No quisiera hacer pasar a mi familia y a mis amigos por ese miedo una vez más, pero sigo dispuesto a ir de nuevo.
De todos modos, en el fondo deseo que no sea necesario organizar otra flotilla. Espero que la comunidad internacional resuelva de una vez por todas la cuestión palestina por la vía política y garantice al pueblo palestino su derecho a la autodeterminación, a vivir en paz y con dignidad.
Mi mensaje para el mundo es simple: dejemos de separar todo en izquierda y derecha. Empecemos a juzgar a los dirigentes políticos con una vara más sencilla y honesta: ¿están a favor o en contra del genocidio? Votemos en consecuencia. Apoyemos a quienes defienden la libertad y la dignidad humanas. Rechacemos a quienes permiten o justifican el sufrimiento masivo. Quienes apoyan el genocidio no deberían tener en sus manos la conducción de un país ni el poder de decidir sobre la vida de los demás.