El cambio climático ya arrasó dos veces con la casa de mi familia. La única razón por la que todavía tenemos un hogar es que podemos desarmarlo y llevarlo con nosotros.
Nací y crecí en Jhautya, una isla de arena en medio del río Padma, en Bangladés. Cuando era chico, cruzar el río en bote costaba apenas cinco takas, unos cuatro centavos de dólar. Mi padre era agricultor; de grande, yo también comencé a dedicarme a las tareas rurales. Teníamos dos casas: una más tradicional y otra que compramos en 2016, diseñada para poder desmontarse y trasladarse. Alrededor crecían todo tipo de árboles, entre ellos mangos, azufaifos y yacas.
Durante la temporada del monzón, era común que la isla se inundara y que la ribera se fuera erosionando. Un año —creo que fue 2018 o 2019; todavía era adolescente y ahora los recuerdos se me mezclan—, el río creció tan rápido que hasta el árbol de yaca que estaba junto a nuestras casas terminó cayendo.
El río se llevó grandes extensiones de tierra. Pensamos que nuestra casa tradicional iba a aguantar, pero el río tenía otros planes. La orilla se desmoronó y la casa se fue, arrastrada por la corriente. Aunque ese día no había parado de llover, ni mi padre ni yo estábamos nos imaginamos ese desenlace.
En esa isla vivían unas 2000 familias.
Es desgarrador ver que el río se lleva todo. Solo alguien que ha pasado por una experiencia así, que ha visto al río tragarse una isla, puede imaginarse el dolor que sentimos.
Después de que la primera isla desapareciera bajo el agua, mis padres y yo desmontamos nuestra casa y nos mudamos a Majhikandi, una isla flotante cercana, donde vivimos durante unos seis o siete años. Allí me casé con mi esposa.

Sin embargo, allí tampoco estábamos exentos de inundaciones y erosión: el año pasado, tuvimos que volver a dejar nuestro hogar atrás.
Cuando comenzaron las lluvias y nos dimos cuenta de que se venía una inundación, montamos una plataforma al lado del techo y nos instalamos allí, incluso para cocinar. No nos quedaba alternativa: el río se había tragado la cocina. Pensábamos que podíamos resisitir hasta que pasaran las lluvias.
Pero llegó un punto en el que el agua que había entrado a la casa me llegaba hasta el cuello. No tuvimos más remedio: había que desmontarla.
Una vez más, había hecho todo lo posible para quedarme, pero la batalla estaba perdida. No pude contener las lágrimas.

Bajo la lluvia y con el agua hasta el cuello, mi esposa, mis padres y yo desmontamos la casa y cargamos las piezas en un bote. Estuvimos todo el día empapados. Temblábamos de frío. Algunas partes de la casa, como las paredes laterales, se habían dañado, pero después pudimos arreglarlas.
Después de llevar la casa al otro lado del río, esa noche casi no pudimos dormir: paradójicamente, estábamos demasiado agotados.
Recuerdo que, mientras desarmábamos la casa, el río se llevó una casa vecina. Sentí mucha pena por esa familia. Cuando el río avanza, no hay tiempo de ayudar a los demás. En ese momento, tuve que elegir entre salvar mi propia casa y mis pertenencias o ayudar a otros.
Ese día, el río se tragó muchas casas. Nosotros teníamos un caño de metal clavado en el suelo con una canilla para sacar agua, que se fue con la corriente.
Perdí mis tierras. Ahora vivo en suelo ajeno. No es fácil acostumbrarse: somos tres familias en un terreno muy pequeño, cuando antes, en la isla, cada familia tenía espacio de sobra.
Aun así, nuestra casa es la misma. Pudimos volver a armar la cocina. Estas viviendas desmontables son muy útiles, ya que son chicas y se desarman rápido. Con cinco o siete personas trabajando juntas, en dos o tres horas ya se puede desmontar la casa, y después la arman en otro lado.
Con mis padres compramos esta casa hace unos diez años. Nos costó 50 000 takas (406 dólares). Vimos que muchos de nuestros vecinos estaban comprando una, así que decidimos hacer lo mismo. Estamos agradecidos de haber hecho esa inversión.
Después de las inundaciones del año pasado, alquilamos un pequeño terreno y nos instalamos aquí durante el mes de boishakh (abril-mayo).
La primera noche fue muy difícil. Nos las ingeniamos para colocar el techo y dormimos sobre el suelo desnudo. Llovió durante toda la noche y terminamos empapados.
Cuando era chico, sabía que durante boishakh —cuyo primer día coincide con el Año Nuevo occidental— siempre llovía fuerte y había tormentas e inundaciones. Era algo con lo que convivíamos, pero ahora me da la sensación de que son más fuertes y más frecuentes.
Las inundaciones no solo modifican el curso de los ríos: también cambian nuestra vida. Antes vivía de la tierra; ahora, trabajo en el río. Empecé a pescar para mantener a mi familia.
Aunque esta tierra no sea nuestra, también nos dolería si el río se la llevara y tuviéramos que volver a empezar de cero en otro lado. De todos modos, pienso que perder nuestro hogar anterior fue mucho peor, porque esa tierra era nuestra. Allí cultivábamos verduras y criábamos ganado.
Donde estamos ahora hay muy poco trabajo. Nos cuesta salir adelante. Me preocupa no saber qué hacer para que mi hijo pueda estudiar.
Decía que me dedico a la pesca, pero la realidad es que no hay mucho que sacar del río. En un buen día, vendo pescado por unas 500 takas (poco más de 4 dólares), pero hay días en que no pesco nada. Gano apenas entre 10 000 y 12 000 takas (entre 81 y 97 dólares) al mes.

Para familias como la nuestra, que no tienen un terreno propio, las casas desmontables son una buena opción. Nosotros alquilamos este terreno por tres años. Si, cumplido ese plazo, el dueño nos pide que nos vayamos, podemos desarmar la casa e instalarnos en otro lado.
Si tuviéramos que volver a mudarnos, prefiero que sea por eso y no por el cambio climático: eso sí que es difícil de entender.