Me quedé sin hogar dos veces a causa del cambio climático: ahora, vivo en una casa que puedo mover de lugar

El cambio climático ya arrasó dos veces con la casa de mi familia. La única razón por la que todavía tenemos un hogar es que podemos desarmarlo y llevarlo con nosotros.

  • 1 mes ago
  • julio 27, 2026
10 Minuto de lectura
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Mohammad Sumon Mridha posa junto a su esposa, Hena Begum, y su hijo de 3 años, Rabbi, frente a su casa desmontable de madera y chapa en Louhajang Upazila, Munshiganj, Bangladesh. Después de que el río arrasara con la isla en la que vivían, la familia ahora alquila un terreno a orillas del río Padma.
Notas del periodista
Piyas Biswas, julio de 2026
Protagonista:
Mohammad Sumon Mridha (30), vive a orillas del río Padma, en Bangladés, a unos 50 kilómetros al sur de la capital, Daca. Allí alquila un pequeño terreno junto a su esposa, Hena Begum (22), y su hijo de 3 años, Rabbi.
Hoy se gana la vida como pescador, pero sus días solían ser muy distintos. Nacido y criado en Jhautya Char, una isla fluvial del Padma, Sumon tenía un terreno en el que se dedicaba a la ganadería y al cultivo de arroz y verduras para mantener a su familia.

La crisis climática lo obligó a abandonar una isla fluvial tras otra: en una ocasión, tuvo que desarmar su casa de madera y chapa y trasladarla en bote antes de que el río se la tragara.

Hoy vive en una casa tradicional que puede desarmarse y trasladarse en cuestión de horas cada vez que el río vuelve a amenazar con llevárselo todo. Si bien tiene que alquilar el terreno en el que vive, la casa le brinda a su familia una sensación de seguridad poco habitual en un entorno tan incierto. Si el Padma vuelve a erosionar la isla, puede que tengan que volver a trasladarse, pero al menos podrán llevarse su casa a cuestas.
Información general:
Bangladesh es uno de los países más afectados por la crisis climática. Cada año, las inundaciones, los ciclones y la erosión causada por la crecida de los ríos afectan el territorio y obligan a cientos de miles de familias a abandonar su hogar. Según la Organización Internacional para las Migraciones, cerca de 4,96 millones de bangladesíes han tenido que trasladarse a otra región del país debido a fenómenos naturales.

El Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno estima que los desastres naturales obligan a unas 700 000 personas a desplazarse cada año: Bangladés figura desde hace rato entre los cinco países con mayor cantidad de desplazamientos provocados por desastres naturales en el mundo. El Banco Mundial prevé que, para 2050, uno de cada siete bangladesíes podría verse obligado a abandonar su lugar de residencia debido a los efectos del cambio climático.

Para las millones de personas que viven a orillas de los ríos del país, la palabra «hogar» ya no remite a un lugar fijo, sino algo que debe poder trasladarse con la misma facilidad que ellas para adaptarse a los cambios de los cursos fluviales.

En este contexto, en el distrito de Munshiganj, al sur de Daca, fue popularizándose una solución un tanto inusual. Desde hace casi cincuenta años, artesanos y carpinteros construyen casas prefabricadas de madera y chapa diseñadas para ser desmontadas, trasladadas y reconstruidas en otro sitio.

Pensadas para las familias que viven en zonas expuestas a la erosión a orillas del río Padma, estas casas desmontables permiten mudarse sin perder toda la inversión cada vez que el río se traga la tierra. Hoy, estas casas pasaron a ser un sello distintivo de Bangladés, donde hay más de 150 talleres y mercados especializados que fabrican y venden estas viviendas en todo el país.

A diferencia de las típicas construcciones de hormigón, cada componente de estas casas se fabrica por separado. Las paredes, los techos, las puertas, las ventanas, los pisos, las escaleras y la estructura se elaboran de manera artesanal en distintos talleres y luego se ensamblan en el lugar. Si hace falta, es posible desmontar cada pieza, trasladar todo a otro sitio en camiones o botes y volver a ensamblar la vivienda en un plazo de entre dos y cuatro días.

Gracias a este diseño modular, estas casas resultan especialmente atractivas no solo para las comunidades afectadas por la erosión, sino también para quienes buscan una vivienda económica o un lugar temporal para vivir, así como para quienes desean invertir en cabañas turísticas o alojamientos ecológicos.

Los principales materiales empleados en la construcción son madera de iroko proveniente de Nigeria, teca, caoba y otras especies de origen local, combinadas con chapas de acero corrugado para los techos y las paredes. Las estructuras están diseñadas para soportar el clima húmedo de Bangladés y, al mismo tiempo, favorecer la ventilación natural, por lo que, durante la temporada de calor, el interior suele ser mucho más fresco que en las construcciones de hormigón.

Por lo general, para construir una vivienda se necesitan entre cinco y siete carpinteros especializados: una casa estándar de una sola planta puede estar lista en apenas ocho a diez días. Las construcciones más grandes, de dos o tres plantas, llevan alrededor de tres semanas. Los precios suelen oscilar entre los 1000 y los 10 000 dólares para las viviendas estándar, mientras que las casas de varios pisos diseñadas a medida y las cabañas de complejos turísticos cuestan bastante más.

Además de ofrecer un techo, estas viviendas representan el sustento de miles de personas. Existen comunidades enteras cuya economía gira en torno a la construcción de estas viviendas, en la que intervienen carpinteros, comerciantes de madera, aserraderos, proveedores de chapa, transportistas y diseñadores. Además,Munshiganj recibe a artesanos de distintos puntos de Bangladesh que llegan para aprender estas técnicas especializadas, transmitidas de generación en generación.

La demanda no deja de crecer: en distritos especialmente vulnerables al cambio climático, ciudades en plena expansión y destinos turísticos, estas casas se compran tanto por su practicidad como por su potencial comercial.

Nací y crecí en Jhautya, una isla de arena en medio del río Padma, en Bangladés. Cuando era chico, cruzar el río en bote costaba apenas cinco takas, unos cuatro centavos de dólar. Mi padre era agricultor; de grande, yo también comencé a dedicarme a las tareas rurales. Teníamos dos casas: una más tradicional y otra que compramos en 2016, diseñada para poder desmontarse y trasladarse. Alrededor crecían todo tipo de árboles, entre ellos mangos, azufaifos y yacas.

Durante la temporada del monzón, era común que la isla se inundara y que la ribera se fuera erosionando. Un año —creo que fue 2018 o 2019; todavía era adolescente y ahora los recuerdos se me mezclan—, el río creció tan rápido que hasta el árbol de yaca que estaba junto a nuestras casas terminó cayendo.

El río se llevó grandes extensiones de tierra. Pensamos que nuestra casa tradicional iba a aguantar, pero el río tenía otros planes. La orilla se desmoronó y la casa se fue, arrastrada por la corriente. Aunque ese día no había parado de llover, ni mi padre ni yo estábamos nos imaginamos ese desenlace.

En esa isla vivían unas 2000 familias.

Es desgarrador ver que el río se lleva todo. Solo alguien que ha pasado por una experiencia así, que ha visto al río tragarse una isla, puede imaginarse el dolor que sentimos.

Isla nueva, misma batalla contra la crisis climática

Después de que la primera isla desapareciera bajo el agua, mis padres y yo desmontamos nuestra casa y nos mudamos a Majhikandi, una isla flotante cercana, donde vivimos durante unos seis o siete años. Allí me casé con mi esposa.

Sin embargo, allí tampoco estábamos exentos de inundaciones y erosión: el año pasado, tuvimos que volver a dejar nuestro hogar atrás.

Cuando comenzaron las lluvias y nos dimos cuenta de que se venía una inundación, montamos una plataforma al lado del techo y nos instalamos allí, incluso para cocinar. No nos quedaba alternativa: el río se había tragado la cocina. Pensábamos que podíamos resisitir hasta que pasaran las lluvias.

Pero llegó un punto en el que el agua que había entrado a la casa me llegaba hasta el cuello. No tuvimos más remedio: había que desmontarla.

Una vez más, había hecho todo lo posible para quedarme, pero la batalla estaba perdida. No pude contener las lágrimas.

Bajo la lluvia y con el agua hasta el cuello, mi esposa, mis padres y yo desmontamos la casa y cargamos las piezas en un bote. Estuvimos todo el día empapados. Temblábamos de frío. Algunas partes de la casa, como las paredes laterales, se habían dañado, pero después pudimos arreglarlas.

Después de llevar la casa al otro lado del río, esa noche casi no pudimos dormir: paradójicamente, estábamos demasiado agotados.

Recuerdo que, mientras desarmábamos la casa, el río se llevó una casa vecina. Sentí mucha pena por esa familia. Cuando el río avanza, no hay tiempo de ayudar a los demás. En ese momento, tuve que elegir entre salvar mi propia casa y mis pertenencias o ayudar a otros.

Ese día, el río se tragó muchas casas. Nosotros teníamos un caño de metal clavado en el suelo con una canilla para sacar agua, que se fue con la corriente.

Perdí mis tierras. Ahora vivo en suelo ajeno. No es fácil acostumbrarse: somos tres familias en un terreno muy pequeño, cuando antes, en la isla, cada familia tenía espacio de sobra.

Aun así, nuestra casa es la misma. Pudimos volver a armar la cocina. Estas viviendas desmontables son muy útiles, ya que son chicas y se desarman rápido. Con cinco o siete personas trabajando juntas, en dos o tres horas ya se puede desmontar la casa, y después la arman en otro lado.

Con mis padres compramos esta casa hace unos diez años. Nos costó 50 000 takas (406 dólares). Vimos que muchos de nuestros vecinos estaban comprando una, así que decidimos hacer lo mismo. Estamos agradecidos de haber hecho esa inversión.

La vida hoy

Después de las inundaciones del año pasado, alquilamos un pequeño terreno y nos instalamos aquí durante el mes de boishakh (abril-mayo).

La primera noche fue muy difícil. Nos las ingeniamos para colocar el techo y dormimos sobre el suelo desnudo. Llovió durante toda la noche y terminamos empapados.

Cuando era chico, sabía que durante boishakh —cuyo primer día coincide con el Año Nuevo occidental— siempre llovía fuerte y había tormentas e inundaciones. Era algo con lo que convivíamos, pero ahora me da la sensación de que son más fuertes y más frecuentes.

Las inundaciones no solo modifican el curso de los ríos: también cambian nuestra vida. Antes vivía de la tierra; ahora, trabajo en el río. Empecé a pescar para mantener a mi familia.

Aunque esta tierra no sea nuestra, también nos dolería si el río se la llevara y tuviéramos que volver a empezar de cero en otro lado. De todos modos, pienso que perder nuestro hogar anterior fue mucho peor, porque esa tierra era nuestra. Allí cultivábamos verduras y criábamos ganado.

Donde estamos ahora hay muy poco trabajo. Nos cuesta salir adelante. Me preocupa no saber qué hacer para que mi hijo pueda estudiar.

Decía que me dedico a la pesca, pero la realidad es que no hay mucho que sacar del río. En un buen día, vendo pescado por unas 500 takas (poco más de 4 dólares), pero hay días en que no pesco nada. Gano apenas entre 10 000 y 12 000 takas (entre 81 y 97 dólares) al mes.

Mohammad Sumon Mridha junto a su esposa, Hena Begum, y su hijo de 3 años frente en su casa de madera y chapa, diseñada para ser desmontada y trasladada, en Louhajang Upazila, Munshiganj, Bangladesh.

Para familias como la nuestra, que no tienen un terreno propio, las casas desmontables son una buena opción. Nosotros alquilamos este terreno por tres años. Si, cumplido ese plazo, el dueño nos pide que nos vayamos, podemos desarmar la casa e instalarnos en otro lado.

Si tuviéramos que volver a mudarnos, prefiero que sea por eso y no por el cambio climático: eso sí que es difícil de entender.

Una vista aérea captada con un dron muestra un mercado de casas desmontables de madera y chapa en Louhajang Upazila, Munshiganj, Bangladesh.
Casas desmontables prefabricadas de madera y chapa a la venta en un mercado de Louhajang Upazila, Munshiganj, Bangladesh.
Un grupo de artesanos construye una casa desmontable prefabricada de madera y chapa en un mercado de Louhajang Upazila, Munshiganj, Bangladesh.

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