El año pasado, cuando se cumplieron los 700 días de guerra contra Gaza, miles de israelíes salieron a las calles a exigir que el gobierno trajera de vuelta a los rehenes y pusiera fin al conflicto. En Jerusalén, algunos manifestantes prendieron fuego varios tachos de basura cerca de la residencia de Benjamin Netanyahu. El primer ministro respondió con una ofensiva política y judicial. Hoy, a pocas semanas de unas elecciones que podrían poner en riesgo la continuidad de su coalición de derecha, cinco personas acusadas de provocar incendios enfrentan un juicio cargado de implicancias políticas. Uno de los acusados —que…
Toda mi vida fui un luchador. Soy judío, soy militar, pasé 530 días en el frente de batalla al servicio de Israel. Me entrenaron para proteger a mi país y enfrentar a los enemigos cuando sea necesario. Pero, sobre todo, soy alguien dispuesto a luchar por lo que considero justo.
Soy uno de los israelíes que el año pasado se manifestaron contra el gobierno en todo el país al cumplirse los 700 días de guerra en Gaza. Salí a la calle porque me parecía que el gobierno estaba prolongando la guerra adrede por una cuestión de política interna y que no estaba haciendo lo suficiente para traer de vuelta a los rehenes que seguían secuestrados desde aquel 7 de octubre que desencadenó el conflicto. Queríamos que los rehenes regresaran a sus hogares y que la guerra llegara a su fin.
Ese día, durante la manifestación en Jerusalén, se llevaron a cabo distintas acciones, entre ellas la quema de tachos de basura. Uno de mis amigos y yo estábamos ahí cuando pasó eso, pero nosotros no fuimos los que los prendimos fuego.

La investigación policial demostró que nosotros no habíamos iniciado ningún incendio. Sin embargo, la fiscalía, que es una autoridad del Estado, decidió avanzar de todos modos con la acusación. Nos detuvieron por más que las autoridades supieran que no habíamos cometido el hecho del se nos imputaba.
Pasé siete días en prisión. Después estuve unos ocho meses bajo arresto domiciliario. Tuve mucho tiempo para pensar en lo que me pasó, pero eso no es lo que más me importa: para mí, lo central es que Israel respete los valores morales. En ese sentido, soy muy patriota.
La masacre del 7 de octubre [cometida por militantes de Hamás que cruzaron la frontera desde Gaza] fue horrible e imperdonable, pero enfrentarse a un enemigo no equivale a dejar toda humanidad de lado. Incluso en una guerra, hay que proteger a la población civil. Hay que saber dónde está el límite entre defenderse y lastimar a personas inocentes. Es una obligación moral y jurídica establecida por las leyes de la guerra.
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Israel tenía derecho a defenderse. Teníamos que luchar porque nuestro país había sido atacado, porque nuestros enemigos querían destruir Israel. Sin embargo, eso no nos da libertad para matar a personas inocentes, algo que el gobierno israelí estaba haciendo con total impunidad. Además, la moral también nos obliga a actuar de inmediato para recuperar a los nuestros, a los rehenes, lo antes posible.
Cuando salimos a la calle, también marchamos por los civiles palestinos que viven en Gaza. Ellos también son seres humanos. Ellos también merecen vivir en paz. El gobierno israelí, sin embargo, no parece compartir esa convicción.
Cuando una persona va a la cárcel, la situación es muy estresante también para toda su familia. En mi caso, mi familia sabía que yo iba a estar bien: mi entrenamiento militar me había dado las herramientas para enfrentarme una situación así, y estaba preparado mentalmente. Aun así, no es fácil encontrarse en una situación de humillación cuando no uno no hizo nada malo.
Me esposaron. La cárcel es un lugar horrible. Me dio mucha lástima ver a los demás detenidos: son personas rotas, sin ninguna posibilidad de rehabilitarse: el gobierno las encierra y las vuelve delincuentes. En cierto sentido, la experiencia me abrió los ojos. Me llevó a cuestionar la sociedad occidental, a pensar en la cantidad de personas presas en Estados Unidos, en la facilidad con la que encerramos a la gente.
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Tanto la cárcel como la detención domiciliarias fueron experiencias angustiantes, ya que me privaron de toda posibilidad de actuar. Ahora que salí en libertad, voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para protestar contra este gobierno horrible. Mi caso sigue abierto, así que nadie sabe qué puede pasar, pero lo único que me da miedo es que mis nietos tengan que vivir en una sociedad que no funciona como debería: una sociedad que inicia conflictos innecesarios, libra guerras sin razón y encarcela a personas sin ningún motivo.
Quiero aprovechar el tiempo que me queda para usar mi capacidad de actuar. Quiero hacer mi parte para ayudar a sanar esta sociedad, para construir un mundo en el que empecemos a tratarnos con respeto y compasión.