La xenofobia llamó a mi puerta: tras 13 años en Sudáfrica, me obligaron a irme del país

Maggie Chisoni dejó Malaui con la esperanza de construir un futuro mejor en Sudáfrica. Trece años después, una ola de violencia xenófoba la obligó a huir del país junto a sus hijos y abandonar la vida que tanto le había costado construir. Esta es su historia, contada en primera persona, un relato de supervivencia, dolor y esperanza.

  • 3 meses ago
  • agosto 3, 2026
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Maggie Chisoni frente a la casa de su familia en Malaui, tras huir de la violencia xenófoba en Sudáfrica Tras pasar 13 años haciéndose una vida en Sudáfrica, Maggie Chisoni volvió a Malaui junto con sus hijos, expulsados por la violencia xenófoba.

El 30 de junio, me desperté temprano. Mi plan era pasar el día con mis dos hijos, encerrados en casa, porque afuera se cernía el peligro sobre la zona de Mariannhill, en Durban, donde alquilaba un monoambiente.

Desde hacía días circulaban mensajes en las redes sociales que advertían a todos los migrantes indocumentados que se quedaran puertas adentro. Nos acusaban de quitarles el trabajo a los sudafricanos y de cometer delitos. Las turbas antimigrantes habían dictaminado que el 30 de junio era nuestra fecha límite para abandonar el país.

Ese mismo día, los grupos antimigrantes iban a manifestarse en distintos puntos de Sudáfrica. Hasta mis padres y otros parientes de Malaui me habían llamado el día anterior para decirme que no saliera.

Así que cerré las cortinas y dejé afuera, detrás de la puerta, el paisaje siempre verde de Mariannhill. Les pedí a mis hijos que no hicieran ruido y que jugaran en silencio. Me miraron desconcertados.

—¿Por qué, mamá? —preguntó el de 8 años.

Le dije que la policía podía venir a detenernos si descubrían que estábamos ahí. Pero que, si me hacían caso, íbamos a estar a salvo. Me senté en la cama y me puse a seguir las novedades en las redes sociales mientras ellos jugaban. Se portaron muy bien; no hicieron nada de ruido.

El golpe en la puerta que puso fin a mi vida en Sudáfrica

De pronto, alguien golpeó la puertaEran alrededor de las 10 de la mañana. No respondí. Volvieron a golpear. Me invadió el terror. Creí que era algún grupo antiinmigrante que venía a sacarme de la casa, como ya habían intentado en otras oportunidades. Miré a mis hijos. Estaban paralizados del miedo. Una vez más, no respondí.

Entonces llegó el tercer golpe, acompañado de un grito:
—¡Maggie! ¡Maggie! ¡Maggie! ¡Abre la puerta! Reconocí la voz. Era la dueña de la casa. Sentí alivio. Abrí inmediatamente, pensando que había venido a ver cómo estaba y a tranquilizarme, a decirme que estaba a salvo.


Pero venía a decirme otra cosa.

—Si esta gente viene y te encuentra aquí, voy a tener problemas. Tienes que irte de mi casa ahora mismo.
Me quedé helada.
—Malaui está muy lejos. ¿Adónde puedo ir? ¿Cómo puedo volver a mi casa así, de un día para el otro?

Me dijo que no podía hacer nada y se fue. Volví a cerrar la puerta. Estaba más confundida que nunca. Desde que había comenzado la violencia xenófoba, en mayo, nunca me había pedido algo así.

Además, yo no tenía pensado volver a Malaui. Estaba esperando que la situación se normalizara para poder volver a trabajar. La señora para la que trabajaba me había aconsejado que me quedaba en casa. Estaba tratando de aguantar hasta que pasara la tormenta, con la esperanza de que llegaran días mejores.

Una hora después, la dueña de casa volvió. Esta vez me mostró un mensaje en el celular: una amenaza de los grupos antimigrantes. Juraban que iban a quemar cualquier casa que alojara a extranjeros indocumentados. Ahí entendí que el peligro era real.

Le pregunté si podía dejarme quedarme hasta fines de julio. Se negó. Me daba tres días, nada más.

Me sentí expulsada. Entonces recordé una pregunta que un vecino sudafricano me había hecho el día anterior y que ahora me dolía de otra manera: ¿Cuándo vas a volver a Malaui?
Entonces volvió a mí una pregunta que un vecino sudafricano me había hecho el día anterior y que ahora me generaba un dolor distinto: ¿Cuándo vas a volver a Malaui?

Tomé una decisión. No podía esperar tres días. Tenía que irme en ese instante. Pero no tenía suficiente dinero para pagar el viaje hasta Malaui. Pensé en los miles de migrantes malauíes indocumentados que se estaban concentrando en un centro de repatriación provisorio en Sherwood Hall Ground, a la espera de los colectivos que los llevarían de regreso a casa. Ya sabía adónde ir.

Antes de salir, guardé unas pocas prendas para mí y para mis dos hijos. Cuando cerré la puerta de mi casa por última vez, sentí que estaba poniendo fin a un capítulo que me había llevado 13 años escribir. Cerré todo y le entregué las llaves a la dueña. Sin despedirme de nadie, me fui caminando a tomar un taxi hasta Sherwood.

Por qué dejé Malaui para irme a Sudáfrica

Me llamo Maggie Chisoni. Soy madre soltera de cuatro hijos. En Malaui no tuve la oportunidad de terminar la escuela. Me casé muy joven después de quedar embarazada. Mi marido, que era futbolista, murió después de una breve enfermedad en 2011 y me dejó sola con nuestros dos hijos.

De un día para el otro me quedé viuda. No tenía forma de mantener a mis hijos. Dos años después, decidí irme a Sudáfrica en busca de mejores oportunidades.
Tenía amigos que se habían ido a Sudáfrica y, al volver, se habían podido comprar un terreno y construir una casa. Otros mandaban dinero para ayudar a su familia. Yo quería lo mismo para mí.

Mis padres y familiares me ayudaron a juntar el dinero para el pasaje en micro. Viajé a Sudáfrica con la esperanza de ahorrar lo suficiente para construir mi propia casa y ayudar también a mis hijos, que se habían quedado en Malaui.

Cuando llegué, vi que Sudáfrica era más hermosa de lo que había imaginado. Recuerdo haber pensado: «Ahora entiendo por qué los malauíes vienen acá y por qué algunos ni siquiera vuelven a casa». Después de pasar una semana en casa de unos parientes, empecé a asimilar mi nueva realidad.

Maggie Chisoni cuando vivía en Durban, Sudáfrica

Vivir en Sudáfrica sin papeles

Conseguir trabajo no fue fácil. Me preocupaban mis hijos; no estaba pudiendo mandarles dinero. Además, mi visa de turista de 30 días ya había vencido. Cada vez que veía a un policía, sentía miedo de que me detuviera.

Pero no pensaba volver a casa con las manos vacías. De ninguna manera.

Mi primer trabajo como empleada doméstica en Sudáfrica

Maggie Chisoni junto con un amigo, en Durban, Sudáfrica.

Me llevó dos años conseguir mi primer trabajo. Entré como empleada doméstica en la casa de una familia india en Pinetown, Durban. Hacía todo tipo de tareas domésticas, todo menos cocinarles. Me pagaban muy poco. No podía mandar dinero regularmente a mi familia en Malaui. Tampoco me gustaba la forma en la que me trataban.

Durante los tres años que trabajé ahí, me daban para comer cuatro rodajas de pan y repollo cocido tres veces al día. A veces me daban guandú cocido, una legumbre originaria de África. Vivía con ellos en su casa, pero no me dejaban cocinarme mi comida. Decían que la luz era muy cara. Las sobras de lo que ellos comían iban para los perros. Empecé a adelgazar.

Un día abrí un paquete de galletitas que habían comprado y comí algunas. Cuando descubrieron que las había tocado, agarraron las que quedaban y se las dieron a los perros. Me sentí humillada. Unos días después, renuncié y me fui a vivir con unos amigos malauíes.

Después conseguí trabajo como empleada doméstica con otra familia india, que me trataba muy bien.
También me pagaban mejor: por fin, pude empezar a mandar algo de dinero a mi familia. Alquilé una casa en Mariannhill y pude pagar el colegio de mis hijos. Por primera vez desde que había llegado a Sudáfrica, me sentí valorada.

Cuando me quedé sin ese trabajo, me llevó tiempo conseguir otro. Empecé un pequeño emprendimiento: vendía porotos, pescado seco y, a veces, verduras. Lo que ganaba no alcanzaba para mandar dinero a mi familia. Más tarde me casé con un hombre de Malaui y tuvimos dos hijos. Años después, nos separamos.

Volví a aferrarme al sueño de comprar un terreno y construir una casa para mi familia en mi país.

La violencia xenófoba cambió todo

Llevaba apenas un año allí cuando, en mayo, comenzó la violencia contra los migrantes. Las redes sociales se llenaron de denuncias de extranjeros expulsados de sus casas y lugares de trabajo. A algunos los golpeaban. A otros los mataban. A principios de junio, preocupada por mi seguridad, mi empleadora me dijo que dejara de ir a trabajar hasta que la situación se calmara.

Pero la violencia no hizo más que empeorar. A veces salía corriendo de mi casa con mi hija de 4 años en brazos y me iba a dormir al monte para que no me encontraran los de los grupos antimigrantes, que habían empezado a ir casa por casa. Obligaban a los inmigrantes indocumentados a abandonar su hogar y los entregaban a la policía. En esos momentos, dejaba a mi hijo de 8 años con una vecina sudafricana, que ponía en riesgo su propia seguridad al esconderlo.

Un día, mientras me escapaba hacia el monte, algunas personas del grupo antimigrante entraron a mi casa y se llevaron mi televisor y las mantas nuevas que quería mandarles a mis familiares en Malaui.

Sobrevivir en el campamento de repatriación de migrantes en Sudáfrica

Llegué a Sherwood alrededor de las 6 de la tarde. Ahí encontré a otras familias a las que también habían echado de su casa.

No había lugar para descansar. Muchos dormíamos a la intemperie. La primera noche fue una de las noches más difíciles de mi vida. Mis hijos no paraban de hacer preguntas:
—Mamá, ¿por qué estamos acá?
—¿Por qué no podemos volver a casa?
—¿Por qué dormimos en el suelo sin mantas?

No tenía respuestas. La comida que donaban las personas que querían ayudar apenas alcanzaba para mantenernos con vida. No había suficiente para todos los que estábamos allí. Algunos días, mi antigua empleadora me llamaba para preguntarme si ya había llegado el transporte. Había familias que llevaban tres semanas esperando.

Familias reunidas en un campamento de desplazados provisorio en África.

Me obligaron a irme de Sudáfrica

Después de una semana en el campamento, mi hija de 4 años se enfermó. No era nada tan grave como para llevarla al hospital, pero se lo conté a mi antigua empleadora durante una de nuestras llamadas.
Me aseguró que me ayudaría. Dos días después, llegó con pasajes de micro para mí y para mis hijos.
Nos acompañó personalmente hasta la estación y nos ayudó a subir al micro rumbo a Malaui.

Cuando el micro arrancó, tuve sentimientos encontrados. Me alegraba dejar atrás la incertidumbre de Sherwood, pero, al mismo tiempo, me dolía abandonar la vida que había construido durante más de diez años en Sudáfrica.

Lo que más me dolía era volver a casa sin haber alcanzado mis objetivos. El viaje de regreso fue más difícil que el de ida a Sudáfrica.

También se sintió mucho más largo que aquella travesía que había emprendido hacía 13 años. En 2013 viajé con la esperanza de llegar a un país donde pudiera encontrar trabajo, mantener a mis hijos y construir una vida mejor. Esta vez volvía a casa sin esperanza, sin plan.

Mis hijos llenaron el viaje de preguntas.
—Mamá, ¿adónde vamos?
—¿Por qué no vamos a casa?

Sudáfrica era su casa. Ahí habían nacido y crecido, allí estaban sus amigos y su padre. Intenté explicarles que Malaui también era su casa, el lugar donde habían nacido mamá y papá. No logré convencerlos.

Y, en el fondo, yo también me hacía preguntas muy similares: ¿Dónde vamos a vivir? ¿Cómo voy a mantener a mis hijos? ¿Qué nos depara el futuro?

No podía dejar de pensar en el sueño que había quedado truncado: construir una casa para mi familia. Lo único que me consolaba era saber que mis padres me estaban esperando. A medida que la situación empeoraba, me habían llamado muchas veces. Me decían que, si tuvieran el dinero, irían a buscarme a Sudáfrica ellos mismos.

No les importaba el dinero que yo les mandaba ni lo que fueran a perder, decían. Solo querían verme regresar sana y salva. Yo me había negado porque creía que la situación iba a mejorar.

Cuando el colectivo llegó a su destino final, Blantyre, me dolió pensar que tenía que empezar mi vida desde cero.

Volver a Malaui después de perderlo todo

Llegué a Malaui el 9 de julio.

Mi hermano menor me llevó desde la terminal de micros hasta su casa, en el barrio de Ndirande, en Blantyre. Dos días después, mi hermana Angelina me llevó a su casa, en la zona de Mpemba. Nos recibieron con los brazos abiertos.

Maggie Chisoni junto a sus padres y dos de sus hijos, frente a la casa de su familia en Malaui.
De vuelta junto a sus padres, Maggie Chisoni comenzó a rehacer su vida en Malaui tras regresar de Sudáfrica.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido al alivio. Mis hijos también empezaron a sentirse en casa. Después de dormir a la intemperie en el campamento de Sherwood y de pasar dos días en el micro rumbo a un destino que no conocían, volvieron a encontrar las cosas que para ellos significaban una vida normal, como la que tenían en Mariannhill: electricidad, televisión, comida rica y un colchón donde dormir.

Mi hijo dijo:
—Mamá, tenías razón. Malaui es hermoso. Me encanta este lugar.
Me conmovió escucharlo.

Dos días después seguimos viaje hasta nuestro destino final: la aldea de Samama, el mismo lugar que había dejado 13 años atrás. Nunca me voy a olvidar de la forma en la que me recibieron mis padres. Me sentí como una hija perdida que por fin había encontrado el camino de regreso a casa.
Los abrazos, las sonrisas y la alegría me hicieron pensar en la parábola del hijo pródigo.

Mis padres me regalaron las palabras que solo un padre sabe decir a un hijo que acaba de atravesar algo tan difícil. Me consolaron. Me recordaron que ya no estaba sola. Después de todo lo que había vivido, por fin volví a sentirme a salvo.

Me quedé sin un sueño, pero todavía tengo esperanza

Aunque ahora que volví a Malaui me siento segura, hay momentos en los que me siento sola y el dolor vuelve. Es entonces cuando pienso en todo lo que dejé atrás en Sudáfrica: las cosas que tenía, la heladera y los objetos de la casa que tanto me había costado comprar, y la vida que había pasado años construyendo.

Mis hijos también están intentando adaptarse, pero todavía me preguntan:
—Mamá, ¿cuándo volvemos a casa?
Cuando les digo que ahora Malaui es nuestra casa, les cuesta entenderlo. Me dicen:
—Esta casa es distinta. No hay electricidad. Hay muchos arbustos.

Y es verdad. A veces me pregunto cómo van a reaccionar cuando los lleve a una escuela pública. Antes iban a la escuela en colectivo. Pero creo que con el tiempo se van a adaptar

Yo también estoy empezando a acostumbrarme a esta nueva vida. Lo que me da fuerzas es que ya no estoy sola. Volví a reunirme con mis padres y con los dos hijos que había dejado atrás hacía tantos años y que ahora son adultos.

Maggie Chisoni junto a su hijo e hija menores, frente a su hogar en Malaui.

Nunca voy a volver a Sudáfrica. Cuando me estaba por subir al micro, mi antigua empleadora me insistió en que renovara mi pasaporte y pusiera los papeles en regla para poder volver a trabajar en su casa.

Pero ya tomé una decisión. Ahora quiero rehacer mi vida aquí, en Malaui. Espero conseguir algo de ayuda para empezar un pequeño emprendimiento y poder mantener a mis hijos. Si no me queda otra, me dedicaré a las tareas rurales. Mi madre ahora es jefa de la aldea y tenemos tierras.

Eso mantiene viva mi esperanza.

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