Luego de que una serie de inundaciones repentinas y mortales azotaran su tierra natal, Sargam Pariar busca cuerpos, ayuda a las familias a identificar a sus seres queridos perdidos tras el paso del agua y pide que se respete la dignidad de los muertos.
Me llamo Sargam Pariyar y nunca imaginé que, a los 18 años, iba a estar buscando víctimas de la inundación repentina que devastó tantas regiones de Nepal el pasado 26 de agosto.
Pero entonces la vi: una joven cuyo cuerpo había quedado expuesto en la orilla del río. La gente se había acercado y le sacaba fotos y videos. A nadie parecía preocuparle que estuviera desnuda. A mí sí. No podía dejar de pensar en su familia, en que seguramente alguien la estaría esperando en su casa, desesperado.
Ya no estaba viva, pero seguía siendo un ser humano y merecía que la trataran con respeto. La cubrí con una tela y tomé una decisión: haría todo lo que estuviera a mi alcance para ayudar a recuperar a los muertos y preservar su dignidad.
La catástrofe comenzó en la región montañosa del Himalaya, cerca de la frontera entre el norte de Nepal y el Tíbet: una avalancha de hielo provocó una enorme crecida del río Bhotekoshi. Las aguas avanzaron río abajo cargadas de barro, piedras y escombros y arrasaron todo lo que encontraron a su paso.
El distrito de Rasuwa, al norte de la capital de Nepal, Katmandú, fue una de las zonas más afectadas, pero la inundación también fue llegando a partes de Nuwakot, Dhading, Chitwan, Tanahun y Nawalparasi a medida que el agua avanzaba por los distintos sistemas fluviales.

Se recuperaron cientos de cuerpos, todavía falta encontrar a otro centenar de personas. Entre las víctimas hay habitantes de la zona y también turistas, excursionistas y peregrinos extranjeros.
Soy de Chitwan, en el sur del país, en la frontera con India, pero había viajado al norte con unos amigos para participar de un programa de música. No teníamos idea de lo que estaba por pasar. La pared de agua llegó con una violencia tremenda. La gente corrió para ponerse a salvo. La corriente se llevó árboles, casas, comercios pequeños. Y después llegaron los cuerpos.
Al principio no tuve miedo. En Nepal ya hemos vivido inundaciones y terremotos. Los desastres naturales no son nada nuevo. Sabemos desde pequeños que son algo que puede pasar. Pero ver cuerpos sin vida arrastrados por el agua cambió mi forma de entenderlos.
El riesgo de nuevas inundaciones dificultaba las tareas de recuperación, pero me sumé a la búsqueda de víctimas, junto con personal del ejército de Nepal, policías, equipos de rescate y muchas personas comunes y corrientes como yo. Cuando encuentro un cuerpo antes de que las autoridades puedan llegar al lugar, llamo a la policía y les digo dónde está. Ya hice ese tipo de llamadas varias veces.
Agarro el cuerpo de las manos y lo llevo hasta un lugar desde donde puedan recuperarlo con facilidad. Después espero. No quiero que el cuerpo quede solo. En los últimos días pasé mucho tiempo sentado junto a los muertos. Es una experiencia que te enfrenta con tu propia fragilidad y te desborda emocionalmente. Ayuda recordar que esa persona tiene seres queridos.
Por lo general, la policía llega en una o dos horas, aunque a veces demora más. Algunos cuerpos aparecen en una zona muy grande, y los equipos de rescate tienen que atender cientos de emergencias al mismo tiempo.
Hay algo que realmente me indigna. Algunas personas tratan a los muertos como si no valieran nada. Se han conocido casos de personas que revisan las pertenencias de quienes murieron e incluso les sacan las joyas a las mujeres. Es muy triste. ¿Cómo podemos perder nuestra humanidad justo cuando más la necesitamos?
Me impactó mucho ver gente sacando fotos y grabando videos de los muertos, tratando los cuerpos como si fueran basura y aprovechando la situación para grabar algo. Pero después de darle muchas vueltas, empecé a publicar lo que veía con la esperanza de ayudar a las personas a saber qué había pasado con sus seres queridos. Hay una diferencia enorme entre faltarles el respeto a las víctimas para obtener algún tipo de beneficio y tratar de darles a las familias alguna respuesta sobre lo que les ocurrió a sus madres, padres, hermanos, hermanas y amigos.
Cuando empecé a publicar lo que veía, mucha gente se puso en contacto conmigo. Algunos me enviaron nombres y descripciones de familiares desaparecidos y me pidieron que los ayudara a encontrarlos. Dos personas reconocieron a sus familiares en las imágenes que publiqué. Otras estaban seguras de que alguno de los cuerpos que habían visto pudiera ser alguien conocido y me pedían más información.
Una mujer me contactó porque reconoció un tatuaje en la mano de uno de los cuerpos. Creía que podía ser el de su hermano. Con la voz entrecortada, me pidió que le enviara una foto de su rostro. No pude darle lo que me pedía, pero le pasé un número para que se comunicara con la policía e intenté ponerla en contacto con las autoridades. Nada que yo pudiera decirle iba a quitarle el dolor: a veces, lo único que podemos ofrecer es ayuda para dar el siguiente paso.
Las inundaciones afectaron a casi todas las familias de Nepal. A la mía también. Dos de mis amigos, que habían viajado hacia el norte, rumbo a China, están desaparecidos. Sus familias se comunicaron conmigo para pedirme ayuda para encontrarlos. Por eso, cuando busco a los seres queridos de otras personas, también pienso en esos dos amigos de los que estoy esperando noticias. Eso hace que todo sea más difícil.
Los últimos días se hicieron eternos. Intento no pensar en la dimensión de lo que estoy haciendo. Al principio creía que podía manejarlo porque las inundaciones forman parte de la realidad de Nepal. Hay terremotos y la vida sigue. Pero después veo lo que esta catástrofe les hizo a personas concretas. Cuerpos despedazados por la fuerza brutal del agua. A veces encuentran distintas partes de una misma persona en lugares diferentes: cabezas y extremidades separadas del cuerpo.
Ahora conozco el verdadero peso decargar con un cuerpo, tanto física como mentalmente. Es algo traumático. Cuando vi un cuerpo que había quedado gravemente mutilado, me desplomé. No dejaba de preguntarme por qué esas personas tenían que morir así. ¿Qué habían hecho para merecerlo? Estaban viviendo sus vidas. Tal vez, cuando el agua se les vino encima, estaban viajado, creando anécdotas, disfrutando de unos días con amigos. Y ahora algunas familias quizá nunca reciban los restos completos de sus seres queridos. No puedo dejar de pensar en eso.
Adonde mire, hay catástrofe. Pero la gente es resiliente. Los nepaleses estamos acostumbrados a los desastres. Nos consolamos unos a otros y nos repetimos que fue un desastre natural y que no había nada que pudiéramos hacer.
Eso no quiere decir que no suframos. Las familias lloran, buscan, esperan. Lo peor es no saber si alguien está vivo o muerto. Pero también tienen que seguir con sus propias vidas. Necesitan un lugar donde refugiarse, comida, agua potable y medicamentos.
En cuanto a mí, no voy a fingir que no tengo miedo. La inundación sigue siendo peligrosa y el agua puede volver a bajar en cualquier momento. Hemos recibido advertencias de que teníamos que evacuar algún lugar. Sé que me estoy poniendo en peligro al acercarme al río.
Mis amigos y mi familia me llaman y me dicen que soy demasiado joven para estar viviendo algo así, que debería estar pensando en la música, en mis amigos y en el futuro. Mi familia está preocupada por mí, pero también me alienta: «Si alguien necesita ayuda, dale una mano».
Según las investigaciones sobre el origen de las inundaciones, un enorme bloque de hielo se habría desprendido de un glaciar en la región del Himalaya, en la frontera entre Nepal y el Tíbet, y caído sobre el río Bhotekoshi.
La avalancha de hielo y rocas desencadenó un torrente de piedras, hielo y barro que avanzó hacia las zonas bajas y arrasó infraestructura y comunidades enteras a lo largo del curso del río Bhotekoshi.
La región nepalesa de Rasuwa fue la más afectada, pero a medida que las aguas siguieron avanzando por los sistemas de los ríos Trishuli y Narayani, la catástrofe llegó también a los distritos de Nuwakot, Dhading, Gorkha, Chitwan, Tanahun y Nawalparasi.
Al 31 de agosto, las autoridades nepalesas informaban que más de 900 personas habían fallecido y que más de 4240 seguían desaparecidas. En esa misma fecha, en el Tíbet, región autónoma de China, se contabilizaban 16 muertes y más de 540 personas seguían sin aparecer.